Según una investigación del Centro de Neurociencia de la Universidad de Colorado, las personas reportan un 23% más de percepción interna durante los meses cálidSegún una investigación del Centro de Neurociencia de la Universidad de Colorado, las personas reportan un 23% más de percepción interna durante los meses cálid

Reseteo emocional: claves para mejorar la autoestima y aflojar exigencias

2026/02/15 19:51
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El pensamiento popular atribuido a Sócrates que asegura eso de “conócete a ti mismo y serás dueño de tu destino” parece encender una chispa particular cuando la temperatura sube y el calendario afloja su rigidez. En el verano emerge una invitación tácita a mirarse sin tanta prisa, a detener la maquinaria interna que suele avanzar por inercia durante buena parte del año. La luz por más tiempo, el aire que circula distinto y la disponibilidad emocional que se abre cuando las agendas pierden densidad permiten una observación renovada de ese lazo silencioso que mantenemos con nosotros mismos.

Según una investigación del Centro de Neurociencia de la Universidad de Colorado, las personas reportan un 23% más de percepción interna durante los meses cálidos, una forma de autoconciencia vinculada al descenso de cortisol. Su autor principal, el neuropsicólogo Ethan Marlowe, dice: “el calor induce un pequeño desplazamiento fisiológico que reduce la hipervigilancia y habilita un estado de mayor sensibilidad para con uno”.

Esa disponibilidad no es solo biológica, también es cultural. Cuando el año se expande hacia diciembre, las capas de exigencia comienzan a ceder. Lo observó la psicóloga Belén Cros, de la Fundación Aiglé, al describir el modo en que solemos sostenernos en automático hasta llegar al umbral del descanso. Su lectura es contundente: “vivimos veloces, enfocados en cumplir, y la pausa del verano funciona como un recordatorio de que no podemos sostenernos enteramente desde el hacer”.

Los datos acompañan esta intuición. Una investigación del Instituto de Conducta Humana de la Universidad de British Columbia reveló que el 65% de los participantes redefine al menos un hábito personal durante el receso anual, mientras que un 41% modifica su percepción de autoexigencia. Según su autora principal, la psicóloga Maia Hendersen, “las pausas prolongadas operan como un reseteo emocional que reorganiza prioridades”.

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El verano se vuelve entonces un umbral, un borde entre lo conocido y lo posible. Es un punto de transición, casi un pasaje simbólico, que nos ofrece la oportunidad de revisar cómo nos hablamos, cómo nos tratamos, cómo nos sostenemos. “Cuando la prisa se detiene -resume Cros-, aparece la voz propia, esa que durante el año queda sepultada por el ruido del mundo”.

En ese territorio más liviano brota un interrogante esencial: ¿qué vínculo estamos cultivando con nosotros? La ciencia lo enmarca en la idea de recalibración interna, un estado que, según la Universidad de Lisboa, surge cuando la demanda externa disminuye al menos un 30%. “La calma ambiental funciona como un amplificador del mundo interno”, explica Rui Almeira, especialista de la entidad.

Ese mundo interno, tantas veces relegado, se vuelve accesible. El verano, entonces, se convierte en una forma distinta de habitarse, de notar lo que se siente y lo que se desea, de suspender las expectativas acumuladas para permitir que emerja algo más íntimo, más honesto, más propio.

La calma ambiental funciona como un amplificador del mundo interno

Temporada como umbral

Romeo (39, separado, diseñador) llegó a enero con una sensación que reconoció recién cuando pisó la vereda caliente una mañana sin agenda: alivio. Durante meses había sostenido un ritmo impenetrable, vivido casi sin respiración. Al detenerse, percibió algo que lo sorprendió, un pequeño realineamiento interno que le permitió escucharse con nitidez. “Ese instante -dice- me di cuenta que no recordaba la última vez que se había sentido disponible para mi mismo”.

La ciencia explica ese corrimiento perceptivo. Un estudio del Laboratorio de Cronobiología de la Universidad de Helsinki registró que, durante los meses cálidos, el nivel de activación simpática disminuye en un 18%, lo que amplía la capacidad para detectar estados internos y reorganizar prioridades. “El cuerpo capta la estación antes que la conciencia -indica el fisiólogo e investigador principal Ilmar Koivunen-, y esa señal de quietud abre espacio emocional”.

A la vez, el freno natural del año descomprime la maquinaria mental. Según el Centro de Psicología Ambiental de la Universidad de Sevilla, cuando la carga estructurada de actividades se reduce al menos un 25%, la percepción subjetiva de claridad aumenta de manera significativa. “La pausa modifica el clima interno, no solo el externo”, resume su autora, la psicóloga Nerea Valcárcel.

Cros, desde su trabajo clínico, observa cómo esa frontera estacional habilita una sensibilidad que durante el año queda soterrada por la urgencia cotidiana. “La pausa del verano devuelve una forma de presencia que no suele tener lugar en los meses de alta demanda”, dice. En su mirada, este tramo del calendario no es un mero descanso, sino un terreno fértil en el que las preguntas profundas encuentran disponibilidad.

La idea del “reset” se refuerza con datos recientes. Investigadores de la Universidad de Melbourne estudiaron cómo la percepción de autoexigencia varía cuando el ritmo anual se desacelera y detectaron un descenso del 32% en la autocrítica intensificada, junto con un incremento del 21% en la sensación de autonomía emocional. “La baja del ritmo externo afloja la tensión interna, como si el sistema se reprogramara para sentirse”, explica el psicólogo de la Universidad, Samuel Nield.

Ese reacomodamiento crea un clima mental propicio para preguntarse qué se sostiene por inercia y qué se desea de verdad.

Rituales que cambian el tono interno

Martina (46, casada 4 hijos, docente), descubrió un gesto mínimo que transformó sus mañanas de vacaciones: “caminar unos minutos descalza por el césped del fondo de casa antes del desayuno -ejemplifica-. Lo hacía sin intención de convertirlo en hábito, pero al repetirlo durante unos días advertí algo sutil, algo así como volver a mi eje”. Esa textura fresca bajo los pies funcionó como una bisagra, como si la simpleza sensorial hubiera encontrado un acceso directo hacia un estado más calmo que no lograba alcanzar en su vida habitual. “Es increíble cómo algo tan pequeño puede recolocarte”, desliza sorprendida.

Un acto pequeño como caminar descalzo por el pasto puede volverlo a uno a su eje

Un estudio del Instituto de Neurofisiología de la Universidad de Utrecht respalda la experiencia de Martina. Los especialistas demostraron que prácticas breves de atención sensorial reducen en un 17% la activación de la amígdala, lo que favorece una mayor estabilidad emocional. Su autor principal, el neurocientífico Markus Ellinger, explica que “los micro-rituales reorganizan el sistema nervioso”.

La playa aporta su propio repertorio. Flotar en el agua, según la Universidad de Queensland, incrementa en un 22% la sensación de autoeficacia emocional, mientras que la simple acción de mirar el horizonte marítimo reduce la rumiación cognitiva en un 19%. Su investigadora, la psicóloga ambiental Claire Downes, lo sintetiza: “el horizonte es un ordenador interno, limpia el exceso de estímulos y realinea la atención”.

Gestos mínimos pueden producir efectos profundos. Dormir siesta, por ejemplo, no es un lujo estacional, sino una micro-intervención psico-fisiológica. Un trabajo del Centro de Bienestar Humano de la Universidad de Kioto encontró que descansos breves aumentan la capacidad de autoobservación en un 14%. “La siesta recalibra”, confirma su autor, el psiquiatra Hideo Yamashita. Cros coincide “el verano nos permite recuperar la escucha fina”, una cualidad que suele apagarse entre responsabilidades y ritmos acelerados. Las prácticas pequeñas abren la puerta a la intimidad con uno mismo, esa que durante el año queda escondida bajo el hacer. Desayunar sin apuros, sumergirse con los ojos cerrados, sentir la textura tibia de la arena, permanecer unos minutos en silencio, no correr hacia ningún lado. El verano ofrece su regalo más sutil: la oportunidad de escucharse de verdad.

A Ignacio (52, abogado, divorciado, 2 hijos adolescentes), el verano le regaló una evidencia inesperada. Una tarde, sentado bajo la sombra de un lapacho en flor, advirtió que llevaba semanas sin hablarse con dureza. Sin proponérselo, había soltado la costumbre de evaluarse por lo que hacía y empezó a mirarse por cómo se sentía.

“Esa suavidad –explica– es una rareza en el año laboral. Me llevó a descubrir que la autoexigencia no era un rasgo inevitable, sino un hábito que podía ser desmontado cuando el tiempo se ensanchaba. Me di cuenta de que no necesitaba apretarme tanto para avanzar”.

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Una investigación reciente del Departamento de Psicología de la Universidad de Copenhague avala estos conceptos. En ella se demostró que los períodos de descanso prolongado generan una reducción del 28% en los indicadores de autocrítica y un aumento del 26% en la autovaloración estable. “La baja del estrés sostenido facilita un reencuadre espontáneo de la autoestima –dice la autora principal del documento y psicóloga Freja Mikkelsen–, especialmente en entornos donde el cuerpo experimenta alivio térmico y el tiempo se desacelera”. El verano habilita una transición específica, un pasaje del mandato al deseo. De acuerdo con un trabajo del Instituto de Ciencias del Comportamiento de la Universidad de Buenos Aires, cuando las personas disponen de al menos dos semanas de reducción de obligaciones formales, aumenta un 31% la claridad sobre lo que realmente necesitan y desciende un 24% la tendencia a responder expectativas ajenas.

Cros observa ese desplazamiento en su práctica clínica: “Ese tiempo ofrece un momento de honestidad con uno mismo, donde aparece la pregunta de qué es lo que todavía hace bien y qué ya dejó de servir”. En su mirada, la autoestima no es una entidad rígida, sino una constelación en movimiento que se reorganiza cuando se afloja la presión interna.

La autocompasión, tantas veces relegada, se vuelve una herramienta renovadora. Investigadores de la Universidad de Florencia encontraron que la exposición a contextos de descanso emocional incrementa en un 18% la capacidad de autorregulación compasiva, lo que repercute directamente en un descenso del malestar subjetivo. Su responsable, el psiquiatra Lucio Baraldi, sugiere que “la bondad hacia uno mismo es más accesible cuando el entorno no exige velocidad”.

En ese clima de sosiego, reparar se vuelve posible. Aparecen preguntas que no entran en la agenda habitual: qué deseo sostener, qué necesito dejar, qué forma de trato interno quiero cultivar. Este primer bimestre del año funciona como un taller silencioso, una instancia donde la identidad afloja sus bordes para dejar entrar una versión menos severa, más permeable, más propia.

Introspección sin cliché

Camila (26 años, soltera, community manager) descubrió que la verdadera desconexión no siempre está en una isla desierta, sino en los pequeños espacios urbanos que suelen pasarse por alto. Un viernes por la tarde, decidió caminar sin prisa por el parque cercano, con la promesa de no mirar el celular ni hablar con nadie. “Dejar el celular para mí es clave –afirma–. Ese paseo me llevó a redescubrir detalles que antes había ignorado: el sonido suave de las hojas movidas por el viento, la textura de la corteza de un árbol, la suavidad del césped bajo los pies. El silencio externo me permitió encontrar un eco interno que no sabía que necesitaba”.

Los beneficios de estas escapadas, que no requieren de pasajes ni alojamientos, están más que documentados. La Universidad de California apoya los efectos de las caminatas solitarias en entornos naturales. En uno de sus estudios concluyó que quienes se toman solo 30 minutos al día de contacto con la naturaleza muestran una mejora del 22% en la claridad mental y un 19% en la capacidad de resolver problemas complejos. “No se necesita ir a lugares remotos –advierte la psicóloga ambiental Emily Clarke, responsable del estudio–, a veces lo que necesitamos es frenar en medio de lo cotidiano para encontrar un nuevo enfoque de lo que ya nos rodea”.

Para quienes no pueden desconectar completamente de la ciudad, el recorrido puede ser aún más cercano. La clave está en transformar los rincones urbanos en espacios de reflexión. Según un informe del Instituto de Psicología Aplicada de Berlín, los lugares de tránsito diarios, como plazas, cafés tranquilos o incluso bancos en parques, tienen el potencial de reducir el estrés y aumentar la percepción de bienestar. Su autor, el arquitecto y psicólogo Jürgen Hess, sostiene que “lo importante no es escapar, sino saber cómo mirar lo que siempre estuvo allí”.

En ese sentido, el concepto de flâneur ha sido rescatado por varios estudios contemporáneos. A menudo, caminar sin destino fijo en la ciudad genera un espacio de introspección único. Según investigaciones de la Universidad de Ginebra, la práctica de “caminar sin propósito” reduce los niveles de ansiedad en un 25% y favorece la capacidad de introspección.

Según investigaciones de la Universidad de Ginebra, la práctica de “caminar sin propósito” reduce los niveles de ansiedad en un 25% y favorece la capacidad de introspección

Cros afirma que la introspección, especialmente en espacios tranquilos y con menos estímulos, permite al individuo “acercarse a una versión más liviana de sí mismo”. Su visión se basa en que el descanso y la reflexión no son sinónimos de ocio vacío: “Un retiro, en la naturaleza o en la ciudad, puede ser un acto de amor propio, donde la mente encuentra el espacio necesario para aflorar”, concluye.

Estas pausas “intencionadas”, como las llama Cros, invitan a abrir puertas invisibles en el día a día. El regreso a la esencia de lo que somos, a lo que necesitamos y deseamos, no tiene que ser un evento monumental. A veces, basta con ser flâneuse durante unas horas, o acodarse en el balcón a ver la gente pasar.

Diez gestos de autocuidado para practicar este verano

Por Belén Cros, psicóloga de la Fundación Aiglé.

1. Presencia al despertar

Unos minutos sin celular para respirar y centrar el día. Este instante establece un tono de conexión.

2. Caminata sensorial

Andar unos minutos en silencio, registrando luz, sonido y temperatura. Hacerlo sin rumbo y dejar que lo ordinario se convierta en extraordinario.

3. Los 30 segundos de gratitud

Antes de dormir, agradecé algo simple del día. La gratitud es un ancla emocional poderosa.

4. La microcita con uno mismo

Una vez por semana, un momento innegociable sólo para vos. La micro cita recuerda que el tiempo propio no se negocia.

5. Desconexión digital

Reducí redes sociales con límites claros. La desconexión digital devuelve espacio para la introspección.

6. Escuchar el cuerpo

Descansá cuando lo necesites, sin culpa. El reposo es una forma activa de amor propio.

7. Decir “no” es un acto de autocompasión

Protegé tus límites y honrá tus necesidades.

8. Rituales de autocuidado

Sumá pequeños hábitos que te nutran, como leer o meditar. Estos momentos cultivan el bienestar integral.

9. Mindfulness cotidiano

Estar presente mientras comés, caminás o realizás tareas simples es el arte de regresar al presente.

10. Redefinir el éxito

Revisá expectativas y priorizá bienestar antes que logro. El verdadero éxito está en vivir con plenitud, no necesariamente de modo apresurado.

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