Alberto Tovar reflexiona sobre líderes empresariales que tienen confianza en sí mismos, y cuál es el límite antes de perder el rumbo.Alberto Tovar reflexiona sobre líderes empresariales que tienen confianza en sí mismos, y cuál es el límite antes de perder el rumbo.

¿Seguro que sabes tanto como crees?

2026/02/07 11:05
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Cuando se compite en las ligas más altas, resulta impensable creer que alguien a tu lado es superior. Los deportistas de élite viven con esa mentalidad para lograr vencer a los mejores del mundo. Algo semejante ocurre en el liderazgo empresarial, donde la confianza actúa como una armadura psicológica que permite decidir con firmeza y mantener el rumbo. El riesgo brota cuando esa coraza se convierte en soberbia cognitiva.

La línea entre la confianza y la soberbia en ocasiones es sutil. El problema surge cuando la seguridad impide la retroalimentación. En ese punto aparece la percepción de control como un espejismo de creer que comprender algo de manera superficial equivale a dominarlo; a este fenómeno se le llama “ilusión del conocimiento”.

Diversos estudios han demostrado que las personas con menor preparación suelen sobrevalorar su competencia. Incluso, los más experimentados pueden caer en una versión refinada del mismo error al suponer que la experiencia pasada los protege frente a nuevos contextos. Sin embargo, los mercados y la tecnología cambian con tanta velocidad que aferrarse a viejas certezas es peligroso.

El exceso de confianza distorsiona las decisiones y reduce la participación del equipo. Cuando un directivo da por hecho que su juicio es incuestionable, los demás optan por callar. Las ideas nuevas mueren antes de nacer. Por eso, el liderazgo contemporáneo exige una humildad cognitiva que no significa debilidad, sino fortaleza, aceptando los límites del propio conocimiento y abrir espacio para la opinión ajena.

Los equipos efectivos trabajan bajo un principio de aprendizaje inverso, donde el líder, además de enseñar, aprende de sus colaboradores. Ese intercambio genera confianza intelectual y transmite un mensaje poderoso: “no necesito tener siempre la razón, necesito comprender mejor”.

En el ámbito del coaching ejecutivo, este proceso permite que el líder ensaye la vulnerabilidad sin perder autoridad. En ese espacio, el acompañamiento sirve para reconocer sesgos, cuestionar supuestos y transformar la obsesión por tener la respuesta correcta en la habilidad de formular las preguntas adecuadas.

La humildad cognitiva, bien entendida, está lejos de ser una postura moral o un rasgo de personalidad; constituye una ventaja competitiva. En un entorno volátil, quien escucha y se adapta aprende más rápido que quien insiste en tener razón. Si el líder admite no saber todo puede actualizar su mapa mental antes que los demás. Con esto, su equipo se convierte en una red de sensores capaz de captar señales que otros pasarían por alto.

Quizá el desafío de nuestro tiempo sea liderar desde la curiosidad, no desde la certeza. Comprender que el conocimiento fluye y se renueva en el diálogo. Y tal vez el primer paso para lograrlo consista en soltar la necesidad de tener razón y abrazar la posibilidad de seguir aprendiendo.

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