En el Upper East Side de Nueva York sobrevive una de las últimas soda fountains auténticas de Estados Unidos. Lexington Candy Shop abrió en 1925 y aún prepara rEn el Upper East Side de Nueva York sobrevive una de las últimas soda fountains auténticas de Estados Unidos. Lexington Candy Shop abrió en 1925 y aún prepara r

La barra de Nueva York donde la Coca-Cola aún se prepara como hace 100 años

2026/03/17 22:55
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En una esquina discreta del Upper East Side de Nueva York, entre edificios elegantes y calles donde la vida cotidiana transcurre con cierta calma, existe un pequeño local que parece detenido en el tiempo. Su barra metálica, los bancos giratorios y las máquinas antiguas recuerdan una época en la que los refrescos no se compraban en latas ni en botellas, sino que se preparaban frente al cliente. Ahí, desde 1925, funciona Lexington Candy Shop, una de las últimas soda fountains auténticas que sobreviven en Estados Unidos y un lugar donde todavía se pueden probar bebidas preparadas con técnicas que pertenecen a otra era de la gastronomía urbana.

El sitio no es simplemente una cafetería vintage ni un restaurante con decoración retro. En realidad, es un fragmento vivo de la historia alimentaria de Nueva York, un tipo de establecimiento que dominó la vida social de las ciudades estadounidenses durante buena parte del siglo XX. En aquellos años, antes de que la industria del refresco embotellado conquistara el mercado global, las sodas y bebidas saborizadas se mezclaban al momento en barras como esta, convirtiendo a estos locales en puntos de encuentro donde la gente acudía a conversar, beber algo refrescante o disfrutar una malteada.

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Hoy, casi cien años después de su apertura, el negocio sigue en manos de la tercera generación de la misma familia, lo que ha permitido preservar no solo el local, sino también la esencia del concepto con el que nació. 

Cuando los refrescos se preparaban en la barra

Para entender el valor de Lexington Candy Shop hay que regresar al inicio del siglo pasado, cuando la cultura del refresco era completamente distinta a la actual. En aquella época, las bebidas gaseosas no llegaban al consumidor ya listas para beber. En cambio, los establecimientos especializados mezclaban jarabes concentrados con agua mineral, creando refrescos al momento y frente al cliente. Estas barras se conocían como soda fountains y eran espacios donde la preparación del refresco formaba parte del espectáculo cotidiano.

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Lexington Candy ShopDiego López

Pero además de ser lugares donde se servían bebidas dulces y refrescantes, las soda fountains tenían una función social particular. Muchos de estos establecimientos surgieron como alternativas para quienes no querían beber alcohol, ofreciendo un ambiente relajado donde era posible sentarse en una barra, conversar y disfrutar una bebida sin necesidad de entrar a un bar.

“Estos lugares se crearon para las personas que no consumían alcohol”, explica Ana Gallegos, trabajadora mexicana de Lexington Candy Shop. “Había bares por todas partes, así que estos locales eran una alternativa donde la gente podía venir a tomar una bebida, sentarse en la barra y convivir sin alcohol”.

Ese origen explica por qué el lugar conserva la estética de un bar clásico, aunque en realidad el menú esté dominado por milkshakes, sodas saborizadas y bebidas con helado

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Lexington Candy ShopDiego López

De fábrica de dulces a institución neoyorquina

El nombre del establecimiento también cuenta parte de su historia. Cuando Lexington Candy Shop abrió sus puertas en 1925 no era solamente un lugar donde se servían bebidas y desayunos, sino también una fábrica de dulces. En ese entonces se elaboraban caramelos y golosinas dentro del propio local, mientras que la barra funcionaba como punto de venta para bebidas y algunas preparaciones sencillas.

Con el paso de los años, los cambios económicos y sociales obligaron a modificar el modelo de negocio. Tras la Gran Depresión y los ajustes que trajo consigo la Segunda Guerra Mundial, la producción de dulces dejó de ser viable, por lo que la familia decidió concentrarse únicamente en las bebidas, los desayunos y la comida ligera que ya ofrecían.

Mientras muchas soda fountains desaparecieron durante el siglo XX, Lexington Candy Shop logró sobrevivir a varias transformaciones del mercado. La razón principal fue la industrialización de los refrescos, que cambió radicalmente la manera en que la gente consumía estas bebidas. Cuando las grandes compañías comenzaron a distribuir refrescos ya embotellados, muchos establecimientos que preparaban sodas al momento dejaron de tener sentido comercial y cerraron.

Este pequeño local, sin embargo, consiguió mantenerse abierto y conservar su esencia, convirtiéndose con el tiempo en una especie de reliquia gastronómica en medio de una ciudad que cambia constantemente. 

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Lexington Candy ShopDiego López

El mito de la “Coca-Cola original”

En los últimos años, la fama del lugar ha crecido de manera significativa gracias a las redes sociales, lo que ha provocado que muchos visitantes lleguen con una idea equivocada sobre lo que encontrarán dentro. Uno de los mitos más repetidos es que Lexington Candy Shop sirve la “Coca-Cola original” con la receta secreta del pasado.

La realidad es más sencilla, pero no menos interesante. La Coca-Cola que se sirve aquí es la misma que se distribuye en todo el mundo; el jarabe proviene directamente de la compañía. Lo que cambia es la forma de preparación, ya que el refresco se mezcla al momento con agua mineral, tal como se hacía en las soda fountains tradicionales.

“No hay una receta secreta”, explica Ana Gallegos. “Es la misma Coca-Cola, pero se prepara como se hacía antes, mezclando el jarabe con agua mineral en el momento”.

Ese pequeño detalle convierte una bebida cotidiana en una experiencia distinta, ya que el cliente puede ver cómo el refresco se prepara frente a él, algo que hoy resulta casi inusual. 

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Lexington Candy ShopCortesía

Un lugar que Hollywood también descubrió

La estética casi intacta de Lexington Candy Shop no solo ha atraído a clientes y turistas, sino también a la industria cinematográfica. Desde hace décadas el lugar ha sido utilizado como escenario para películas, programas de televisión y comerciales, aprovechando su apariencia auténtica de mediados del siglo XX.

Incluso en producciones recientes, como la nueva etapa de Sex and the City, el local aparece como parte del paisaje urbano de Manhattan. Esa presencia en la pantalla ha contribuido a reforzar su reputación como uno de los lugares más emblemáticos del barrio.

A lo largo del tiempo también ha recibido a numerosas celebridades que viven o visitan el Upper East Side. “Recuerdo haber atendido a la esposa de Paul McCartney, que venía a desayunar con su hijo”, cuenta Gallegos, recordando una escena que resume bien el tipo de clientela que ha pasado por el lugar durante décadas. 

El efecto de las redes sociales

Sin embargo, el cambio más visible en la historia reciente del establecimiento ha llegado con la era digital. La difusión de fotografías y videos en redes sociales convirtió a Lexington Candy Shop en un destino viral, lo que ha incrementado notablemente el número de visitantes que llegan al local cada día.

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Lexington Candy ShopCortesía

El resultado es una transformación curiosa: mientras antes el lugar era frecuentado principalmente por vecinos del barrio, hoy recibe a una gran cantidad de turistas internacionales que buscan conocer uno de los últimos ejemplos de soda fountain tradicional.

Ese éxito también ha traído nuevas dinámicas. Las filas en la entrada pueden ser largas y algunos clientes habituales del vecindario prefieren evitar la espera. Aun así, la viralidad ha tenido un efecto positivo, ya que ha permitido que el negocio continúe funcionando y que nuevas generaciones descubran un concepto que prácticamente desapareció en otras ciudades. 

Un relicario gastronómico en medio de Nueva York

Lexington Candy Shop abre sus puertas desde temprano, de 7 de la mañana a 5 de la tarde, y los domingos opera en un horario ligeramente más corto. El menú incluye desayunos, sandwiches, sodas, malteadas y postres sencillos, manteniendo el estilo de los antiguos luncheonettes, establecimientos que ofrecían comida ligera durante el día pero no servicio de cena.

Aquí, cada refresco preparado en la barra recuerda una época en la que la bebida se mezclaba frente al cliente y la soda fountain era un punto de encuentro cotidiano. Por eso, más que un simple restaurante histórico, Lexington Candy Shop es una cápsula viva del pasado gastronómico de Nueva York, un lugar donde una soda bien servida todavía puede contar una historia que comenzó hace casi cien años.

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