Diego Gronda se crio entre San Isidro y Belgrano, estudió en el San Andrés y se recibió de arquitecto en la UBADiego Gronda se crio entre San Isidro y Belgrano, estudió en el San Andrés y se recibió de arquitecto en la UBA

Un argentino entre los diseñadores de hoteles y restaurantes de lujo más importantes del mundo

2026/02/21 17:00
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MADRID.- Hizo su primera obra cuando cursaba tercero de Arquitectura, y no había diseñado ni siquiera un baño. Un acto de arrojo lo hizo aplicar para hacer el interiorismo de unas oficinas que abría el Banco Mundial en Buenos Aires para la IFC, la Corporación Financiera Internacional, que es la parte privada de esa entidad. Competía con las dos empresas de oficinas corporativas más importantes del país, y, sin embargo, ganó y levantó en tiempo récord y en plena hiperinflación los trescientos metros cuadrados más importantes de toda su carrera.

A cuento de esta quijotada, luego lo llamaron para hacer algo parecido de la petrolera Exxon, las de Nalco y las de Southern Electric International, que tenía a cargo la electricidad en la Argentina en aquella época. Cuando se recibió, llevaba en una mano el diploma y, en la otra, cuatro proyectos importantes por varios millones de dólares. “Era algo surrealista -recuerda ahora ante LA NACION-. En medio de la Universidad me volví un estudiante al que empresas americanas llamaban para encargarle trabajos. No hacía nada ilegal, porque no necesitaba un permiso especial o una licencia para hacer interiores…”.

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La historia de Diego Gronda (Buenos Aires, 1968, dos hijos) no escatima chispas de audacia ni golpes de alto impacto como estos. Por ejemplo, en esos tiempos estudiantiles atravesó un cáncer y lo superó. Hijo de un ingeniero, desarrollador inmobiliario, y de una mamá con buen gusto, estudiosa de las antigüedades y el mobiliario, se crio entre San Isidro y Belgrano, estudió en el San Andrés, se recibió de arquitecto en la UBA y, al igual que sus dos hermanos mayores, luego partió al exterior para hacer un máster.

En su país lo conocen menos que en el mundo, aunque hay que decir que ha dejado su marca y en un lugar destacado. El edificio Juana Manso, que está al lado del Puente de la Mujer, en Puerto Madero, lleva su firma.

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Hoy, Gronda es uno de los diseñadores de hoteles y restaurantes de lujo más importantes del planeta. El mapamundi a lunares que aparece en su web impactó con todos los puntos del planeta donde ha puesto la firma. Ejemplos: el restaurante Tatel en lo que fue el legendario Hotel DiLido de Miami, ahora Ritz-Carlton South Beach; el de Gordon Ramsay en Doha, Qatar; el Pearl LIang de Taipei, en Taiwán; el restaurant Zela en Ibiza, y el Zela de Londres; el Wasabi de Morimoto, en Bombay. En cuanto a hoteles: el VP Plaza España de Madrid; el V Villas Hua Hin, en Thailandia; el Ikos Porto Petro de Mallorca (que en 2023 ganó el Architecture Masterprize Award- AMP); el V Villas Phuket, un resort en Tailandia que fue ganador del DNA París Design Awards en la categoría Interior Hospitality; el Westin Palace Hotel, en Madrid; el Virgin Hotels Chicago… También tienen su impronta la restauración del emblemático Covent Garden, cuando era director general de Rockwell Group, y el Hard Rock Café de Marbella, en 2021.

Pasó por Columbia, Princeton y Harvard y tiene una maestría de Parsons School of Design, en Nueva York. Antes de sus treinta años, y con su medalla de oro por su máster otorgada por el American Institute of Architects, debutó en Nueva York nada menos que con el muy célebre interiorista chino Toni Chi, en cuya empresa llegó a ser director Creativo. Siguió con un cargo similar en la empresa de diseño y arquitectura Rockwell, y después, ya casado y con dos hijos, cruzó el Atlántico para abrir Rockwell Group Europe, en Madrid, donde fue director general hasta 2015 y en cuyo transcurso hizo las Bodega Rothschild y Vega Sicilia, en Rioja, España. Ese año decidió volar en solitario y fundó Studio Gronda.

V Villas Hua Hin, en Tailandia

Acaba de apagar las velas de esta primera década como amo y señor en el restaurante Saddle, que se levanta sobre los cimientos del legendario Jockey madrileño y cuyo lujoso interiorismo reconvirtió él mismo en 2019. Toda aquella vieja magia en la que paseaban glorias como Jackie Kennedy, Grace Kelly y Frank Sinatra, pero renovada con sutil delicadeza para que cada detalle, cada mueble, cada color que dan nueva vida a esas dos plantas (1600 metros cuadrados) no perdieran ni un átomo de aquel esplendor. Espectacular y elegante el resultado, dijo la prensa. El trabajo fue ganador en los XVII Premios Gastronómicos de Metrópoli.

Arquitecto e interiorista en partes iguales, lo que es una definición per se, Gronda presenta un par de características más que lo destacan. Es un arquitecto taylor-made, trabaja a medida. Como le gusta explicar:Están los Giorgio Armani, los Yves Saint Laurent, los Christian Dior, o los Philippe Starck, y están los que te hacen un traje a medida. Nosotros hacemos trajes a medida. Diseñamos marcas, marcas de hoteles”. Y ofrece como ejemplo toda la nueva línea de Nobu, que diseñó él desde que estaba en Estados Unidos y que se fue replicando en todos los hoteles y restaurantes Nobu. “Diseñar específicamente para un usuario, ser muy estratégico en cómo diseñamos, es parte de nuestro éxito”.

La otra característica es su afán por la sustentabilidad. No le gusta derribar, tirar todo abajo y hacer de nuevo, virus al que sus colegas son tan sensibles. Como El Eternauta, piensa que lo viejo funciona y vota por restaurar, renovar, volver a la vida. Gran ejemplo es el Ikos Porto Petro, que hizo no hace tanto en Mallorca, donde reutilizó los escombros como base del paisajismo del hotel. O la reforma de su residencia actual, la icónica Casa Cabrero, obra de Francisco Asís Cabrero, uno de los primeros arquitectos rupturistas de la posguerra y pionero del Movimiento Moderno de los 60. Entró, la vio y se enamoró. La desarmó y la armó de vuelta. La reestructuró de tal forma y con tanta fidelidad al espíritu que le había impreso su creador que emocionó hasta las lágrimas a los herederos de Cabrero y el Colegio de Arquitectos lo llamó para felicitarlo.

The Commons Club en Virgin

-Se suele decir que es más económico tirar todo y hacerlo de nuevo. Usted hace lo contrario…

-Yo creo que lo es, no lo niego, y tampoco acuso a nadie, pero en muchos casos es un facilismo. Trabajar con una tabla rasa es más fácil que trabajar con un rompecabezas que ya está medio armado. De hecho, trabajamos con una empresa griega que se ocupa de tomar proyectos obsoletos en la costa y rehacerlos, y ya hemos hecho tres con esta metodología. No siempre es así. El que estamos haciendo ahora en Marbella decidieron tirarlo todo abajo porque no podían hacer otra cosa. Entiendo las dos posiciones.

-Ustedes incluso incorporan los escombros al paisajismo…

-Generalmente hacemos proyectos integrales que incluyen el paisajismo y ahí aprovechamos para usar los escombros, cuando estos lo permiten. A veces no se puede. Por ejemplo, el Ikos Portopetro, que está en Mallorca. 420 habitaciones y novecientos sesenta metros lineales de costa pura. Cuando me dijeron que retirar cada metro cúbico de escombro costaba 80 euros, no lo podía creer. Una locura. Si se puede evitar, no solamente ahorro dinero: no contamino la isla ni destrozo las carreteras. Entonces usamos los escombros para hacer una loma gigante con un mirador para tomar el té. Todo lo que podamos reutilizar lo pienso de mil formas cada vez que me dan un proyecto, para poder darle una vida nueva.

Edificio Puerto Madero

-¿Qué pasa cuando lo que tiene delante es horroroso?

-Y sí, pasa, pero no se puede tirar a la basura así como así esa cantidad de horas hombre invertidas. Si, es cierto, cosas muy feas, pero también hay trabajo, hay ilusión, hay sudor, hay dinero. Tirarlo abajo me ataca y todo lo que podamos llegar a transformar, que es una de las palabras claves de nuestro ADN, lo transformamos. No solo transformar estructuras obsoletas o antiguas en edificios nuevos en el siglo XXI. Cuando terminamos un hotel presentamos también una perspectiva a futuro.

-¿Cómo sería eso?

-Por ejemplo, presentamos cómo el lobby puede llegar a mutar en un fin de semana, en un mes, en los días nublados… Tratamos de incorporar muchas ideas para que el director del hotel tenga herramientas de transformación real del espacio, que amorticen el gasto. Hacemos estructuras evolutivas y dinámicas para que los espacios puedan reconvertirse en distintos eventos o pop-up, con dimensiones que admitan hasta meter una furgoneta dentro del lobby y hacer un food truck.

-Pero transformar no debe ser tan fácil. Hay estructuras, paredes…

-En nuestro ADN, la transformación atañe tanto a los espacios públicos como a los espacios privados. Siempre me he inspirado en los teatros, como el Colón de Buenos Aires. Los teatros son la transformación pura del espacio físico. Cuando estaba en Rockwell, en Nueva York, colaboré en el diseño del teatro de los Oscars, el Kodak Theater. Gracias a esto nos ofrecieron diseñar la escenografía de los Oscars para 2006 y 2007. Fue un ejercicio muy enriquecedor para mí, porque era el espacio físico de mayor cantidad de transformaciones y más efímero del mundo. O sea, se transformaba treinta y dos veces en cinco horas de una noche y después se tiraba todo abajo. Me apenó mucho en la pandemia ver hoteles que cerraban, cuando podrían haber ofrecido muchos servicios. En Israel los drive-thru de McDonald’s se transformaron en lugar para vacunar.

Al Muntajaa Al Waha, en Qatar

-Suena revolucionario… pero lleno de lógica

-Pienso que los edificios tendrían que ser más argentinos, por decirlo de alguna manera: saber más de jazz, más improvisación, más actuar sobre la marcha. Ok, ¿viene una pandemia? Este edificio se transforma en otra cosa. Otra cosa que sirva.

-¿Toma en cuenta las tendencias cuando trabaja?

-Mira, la palabra tendencia es una palabra que yo utilizo con muchísimo cuidado porque tiende a dirigir a todo el mundo en una dirección, sin demasiado razonamiento. Yo creo más en la arquitectura atemporal, y que las tendencias sean pequeñas pinceladas al final del proyecto, ya sea en una tela, en el color de una pintura, pero que la arquitectura sea lo más atemporal posible. Insisto: en el mundo en el que vivimos el arquitecto tiene que dejar de demoler edificios, dejar de cortar montañas, talar árboles. Tenemos que intentar reciclar todo lo reciclable. Nosotros tenemos ejemplos muy grandes de hoteles de cuatrocientas habitaciones construidos sobre estructuras de edificios totalmente obsoletos, espantosos. Es un ejercicio muy difícil, pero posible. Limitar la cantidad de escombros al mínimo es otro gran desafío.

-Aunque no siga las tendencias, debe estar atento y mirando. ¿A qué le pone atención?

-A cómo van a ser las nuevas generaciones en 20 o 30 años, que vivirán un mundo nuevo donde se incorporan todas las disciplinas. Y ahí voy de la arquitectura al interiorismo y del interiorismo a la arquitectura. La mayoría de los clientes tienden a contratar a un arquitecto para que les haga un edificio, y luego a un interiorista. Los dos trabajan por separado, pero en el producto final lo que hacen debe encajar como un guante, algo difícil si no hay comunicación y coherencia entre ambos. En 30 años lo he visto muchísimas veces. Meses de trabajo, millones de dólares invertidos… Y fue cuando pensé: ¿por qué no hacemos al revés? ¿Por qué no empezamos el proceso por la experiencia del ser humano y sus necesidades? Y una vez que acordemos esto empezamos.

Exterior edificio azul Mandarin Oriental Miami

-En qué piensa, por ejemplo…

- Por ejemplo, en una cadena que no necesita luz bien podemos poner el spa en un sótano; si hay un lago, colocar el spa mirando hacia ahí que invita al relax, y así con cada ambiente. Y una vez que tengo todo ese master plan de las experiencias que quiero crear en el hotel, diseño la arquitectura. Y cuando termino la arquitectura, paso al interiorismo. Y es cuando toda calza como un guante.

- Eso sería la arquitectura holística de la que habla a veces…

-Sí, la arquitectura holística es pensar un poco en todo, como si fuera una partitura. Y yo creo que los arquitectos muchas veces pecamos porque nuestro ego quiere hacer un edificio muy bonito, de líneas así y asá, pero no vemos el todo. Porque a eso le falta una pata importante, que es el interiorismo. El arquitecto tiene que hacer buen interiorismo y el interiorista tiene que entender bien la arquitectura. Y eso es algo que al minuto que se fragmentaron las dos disciplinas, se perdió. Gaudí diseñaba todo. El edificio, los muebles, todo. Le Corbusier también. Un interiorista trabaja con 10 lápices y un arquitecto trabaja con 10 lápices. Si tú trabajas los dos, como dicen ellos, estás con 20 y si ya haces paisajismo como nos gusta hacer nosotros, estás con 30. Si se puede jugar con todas las piezas lo que se crea es más armónico. Tiene un sentido holístico que permite llegar a una experiencia 360, como dicen aquí en España, que es ver, tocar todos los puntos. Pienso así desde que era estudiante. Con todo lo que había ganado con las oficinas me pagué mi propio máster, que fue totalmente teórico, y ahí ya empecé a pensar que iba a enfocar la arquitectura desde un ángulo más humano. No hacer el edificio más bonito, sino cómo puedo hacer un edificio que tenga una conexión más emocional con la gente. Lo digo ahora, en ese momento no lo pensé así.

Covent Garden, London, UK

-Usted justamente empezó haciendo interiorismo en unas oficinas del Banco Mundial siendo un estudiante…

-Así es. Cuando recibí la carta de confirmación de Washington no lo podía creer. Recuerdo que fui a una casa de telas que no sé si aún existe, que se llamaba Visconti. El señor y la señora Visconti, que fueron adorables conmigo. Entré y dije: “tengo que hacer unas oficinas del Banco Mundial y soy incapaz de distinguir el algodón de alguna otra fibra. Necesito ayuda”. Me miraron raro, habrán pensado que estaba loco o que era una mentira, pero me apadrinaron, porque no sabía nada de telas y quería hacer algo muy elegante. Yo vivía en una casa muy bonita, mi madre se esmeraba mucho en las telas y el mobiliario… Pero nunca sentí necesidad de pedir ayuda a ella ni a mi padre. No sé si fue orgullo o que. Bueno, lo hice en tiempo récord y el Banco Mundial dijo que eran las oficinas de la IFC más lindas del mundo.

-¿Cómo llegó a decidirse por los hoteles?

-Empecé en un estudio de interiorismo muy pequeñito, siete personas, y el pequeño genio chino que lo dirigía se terminó convirtiendo en uno de los popes del interiorismo de hotelería de lujo del mundo. Tony Chi, hoy gran amigo mío. Él fue quien me abrió los ojos a los hoteles de lujo en Asia. Y ahí empecé con los hoteles. Eran los 90 y yo era muy jovencito. Me dediqué a viajar a Asia, a hacer Grand Hyatts en Japón, en China, en Tailandia, en Indonesia, en Australia, y empecé a tomarle el gusto al interiorismo porque a nivel de conexión emocional era lo más profundo a lo que se podía llegar. En aquella época los hoteles aún eran espacios, estructuras para gente de afuera de la ciudad. No íbamos a los hoteles de las ciudades donde vivíamos como es tan común ahora. Pero nuestra idea era que, si se habían invertido tantos millones en reacondicionar un hotel, tenía que servir para el turista y para el local.

Detalle del chimenea del sótano de su casa

-¿Qué hicieron concretamente?

-Trabajar distinto el espacio público, las zonas comunes. Un hotel de los que hacemos nosotros gasta entre 100 y 200 millones de euros mínimo en diseño de habitaciones, meeting rooms, salas de reuniones, sala de banquetes… La mayoría de las horas, esos espacios están vacíos: de noche no pasa nada, los materiales, el aire acondicionado sigue funcionando, los caños se siguen rompiendo, todo igual. ¿Por qué una sala de reuniones de noche no se puede transformar en una sala de banquetes? ¿Por qué no diseñamos el proyecto de tal manera que la sala de reuniones y los restaurantes estén unidos? ¿Por qué a nadie se le ocurrió? ¿Por qué toda esa infraestructura vacía? Los lobbies, por ejemplo, han sido durante siglos los espacios más caros de un hotel. El real estate que está sobre la vereda es lo más caro. Pero es el que menos dinero le da a un hotel. ¿Por qué? Porque nadie se sienta a pensar realmente eso. ¿Por qué demonios tengo que hacer un lobby? El hotel siempre me dice: el lobby es esto, el gimnasio es esto, el spa es esto otro. Nosotros cuestionamos esas estructuras del siglo XX todo lo que podemos.

-¿Qué hace que un hotel sea exitoso? ¿Su diseño?

-Los hoteles que triunfan son aquellos que crean una conexión emocional y humana, no solo arquitectónica. Eso hace que el que lo visita una vez luego quiera volver, aunque no entienda bien la razón por la cual quiere volver. Quizá se sintió cómodo allí, especial, y eso lo atrae. Nosotros trabajamos para que haya una combinación perfecta entre todas sus partes, una armonía, no estática sino dinámica, que produzca esa atracción. Creo que con la soledad que sufre la sociedad, cada vez hay más necesidad de conexión emocional. No solo a nosotros, los más grandes. También le pasa a los millennials, a la generación Z… Tendrán su parte digital, que será cada vez exponencialmente más poderosa, pero cuanto más poderosa sea, más necesitará un contacto humano. Porque seguimos siendo analógicos. El día que seamos un cerebro dentro de un frasco, podremos llegar a argumentar que la fisicalidad es obsoleta. Pero hasta que no lleguemos ahí, las experiencias emocionales serán centrales.

Diego Gronda se autodefine como un ser “osado y apasionado”, y luce como tal. Llega a su espaciosa oficina en el barrio de Chueca en total black, t-shirt cuello a la base, campera, botas. Alto y corpulento, casco en mano, viene de recorrer en moto el trayecto que lo separa de su casa, aunque hizo una parada en el gimnasio, como parte de una rutina en la que reconoce no invertir el tiempo necesario. Hace décadas que lleva una agenda que admite pocas distracciones. De soltero, en Nueva York, llegó a dar 15 veces la vuelta al mundo trabajando para el gran interiorista Tony Chi. Ahora sigue acumulando horas de vuelo, pero dice aprovechar todo ese tiempo muerto para hacer lo que en tierra le es difícil: ejercitar el silencio, proyectar, crear mirando las nubes. “Es mi Nirvana, me encanta la introspección que puedo lograr dentro de un avión. Eso para mi es la gloria, así como un vuelo corto es una pesadilla”.

En tierra firme y en sus ratos libres hace escultura y pinta obras de gran tamaño en el estudio de su casa, a la que llama su “cocoon”, su nido, su lugar de disfrute. “El problema es que, si me pongo a hacer todo lo que quiero creativamente, dejo de socializar y no puedo, porque todo lo que yo hago es muy social. Para mi trabajo tengo que entender cómo se comporta la gente, que siente, qué hace, qué está pasando”.

Le Méridien, en Argelia

-¿Qué diría que lo trajo hasta aquí?

-Bueno, varias cosas. Determinación. Si uno se pone a pensar por qué quiere hacer todo esto probablemente no lo haga. Pienso que hubo una buena base, la que mis padres me dieron a mí y a mis hermanos. Uno a los hijos quiere darles siempre la mayor cantidad posible de herramientas… Eso es lo hicieron mis padres con nosotros y lo que yo hago con mis hijos, que ya son grandes y viven fuera de España. Yo creo que todo padre quiere eso. Nos enseñaron a tirar para adelante. Nunca mirar hacia atrás. En aquel momento mi padre me ayudó muchísimo, con su estructura, aunque no era de interiorismo, sino de construcción y arquitectura. Pero mi familia siempre fue una red.

-¿Qué lleva de la Argentina dentro?

-Yo siempre digo que ser argentino es ser compositor de jazz. El jazz es improvisación continua… Y digo eso en el sentido más positivo que pueda haber. Intento siempre centrarme en las cosas buenas, sobre lo malo habla el mundo entero. Me enfoco en el vaso medio lleno, de lo contrario perderíamos toda la vida hablando de la vieja gloria de los años 20, lo que es una utopía. Entonces me quedo con todas las oportunidades que me dieron y, sobre todo, la formación para saber improvisar, para ser resiliente.

-Su recorrido ha sido más que exitoso. ¿Qué lo impulsa hoy?

-Los desafíos. Me impulsan y también me dan miedo, como a cualquier ser humano. Me asaltan miedos, angustias, temores…

-¿Cuáles son esos miedos?

-Defraudar a mis clientes, o no poder crear, o que me propongan un proyecto donde no les interesa que cree valor, algo nuevo o distintivo. Eso más que miedo, me desconecta del proyecto. Me gusta la gente que me escucha y con quien siento que puedo marcar diferencias.

-¿Cómo fue superar un cáncer? Era muy joven…

-Luché, luché y luché. Concentrándome en que no podía estar enfermo. Luché con el cuerpo, con el tratamiento y con la cabeza. Haciendo todo y más. Y creo que también tuve mucha suerte. Quizá hay mucha gente que hizo lo mismo que yo y no pudo superarlo. Mi madre rezando y rezando hasta hoy, porque lo sigue haciendo todas las mañanas. Es un poco lo dicho: Lo que no te mata te hace más fuerte, pero te puede matar. No era mi momento de partir, pienso yo. Esa experiencia me marcó para siempre y creo que me convirtió en un luchador incansable. En todo, en mi vida y en mi trabajo.

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