Una escena de Love Story: John Kennedy Jr. & Carolyn Bessette, la nueva serie de Disney+ que recrea el romance de John John y la ejecutiva de relaciones públicaUna escena de Love Story: John Kennedy Jr. & Carolyn Bessette, la nueva serie de Disney+ que recrea el romance de John John y la ejecutiva de relaciones pública

Love Story: John Kennedy & Carolyn Bassette muestra los entresijos de una historia de amor y traición

2026/02/15 03:49
Lectura de 9 min

Una de las preguntas que podemos hacernos frente al estreno de la nueva serie de antología de Ryan Murphy en Disney+, Love Story: John Kennedy Jr. & Carolyn Bessette, es cuánto de ese mundo allí representado resulta una fantasía. Y la pregunta no se refiere a que Murphy haya elegido ofrecer una versión edulcorada del romance y matrimonio del “príncipe sin corona” de los Estados Unidos y la ejecutiva de relaciones públicas de Calvin Klein, sino cuánto de aquel concepto de celebridad, de esa combinación todavía equilibrada entre el espectáculo y la política, y de ese retrato de la urbanidad, el sentido institucional de las personas públicas y el peso de un legado trágico sobre el apellido Kennedy queda anacrónico en un mundo como el nuestro. Esto es, en un escenario en el que la farsa ha sustituido a la tragedia, la institucionalidad se ha degradado a niveles inimaginables, la política es show y la integridad moral una vana utopía.

Y evidentemente algo de eso definió el punto de partida de la serie -inspirada en la biografía de Elizabeth Beller, Once Upon a Time: The Captivating Life of Carolyn Bessette-Kennedy-, sobre todo porque altera gran parte del universo conocido de Ryan Murphy.

Murphy es un creador que se ha distinguido por el kitsch y la hipérbole en la estética de sus ficciones, por narrativas novelescas y arrebatadas, por un concepto de hibridación constante de géneros y por interpretaciones de corte melodramático siempre al borde de la parodia. Nada de eso ocurre en Love Story: Murphy -a través de su showrunner, Connor Hines- ha elegido un abordaje sobrio, sin destellos de histrionismo en la puesta en escena, con una paleta de colores claros y pasteles, interpretaciones discretas y un registro contenido.

Pudiendo filmar la vida de los Kennedy como un circo sobre la fama y la tragedia, los escándalos y las maldiciones, decidió explorar la relación Kennedy-Bessette en el contrapunto entre la exposición pública y la intimidad, examinar el peso del legado y la herencia en clave introspectiva, y sobre todo pensar a esas personas que vivieron y murieron bajo el escrutinio mediático como seres de carne y hueso, honorables a veces, a menudo falibles.

El revés del cuento de hadas

El trágico día de la muerte de John Kennedy Jr. (Paul Anthony Kelly) y su esposa Carolyn Bessette (Sarah Pidgeon) es el inicio de la historia. Una llegada tarde, una pelea por el viaje apresurado, las presiones familiares desde el destino en Martha’s Vineyard, y el ligero avión que se pierde en el horizonte. Todos sabemos lo que vino después. En esa trampa de la circularidad contemporánea en la que siempre se empieza por el final -o por el nudo del conflicto- para enganchar al espectador y entonces recién volver para atrás, el primer episodio nos muestra a John John y Carolyn en las vísperas de su encuentro. Ella, trabajando para Calvin Klein (Alessandro Nivola), lidiando con la envidia de su jefa, un affaire casual con un modelo, demostrando su valía y audacia ante el célebre modisto y una atribulada Annette Bening en la ardua decisión del vestuario para el estreno de Bugsy. John Jr. es abordado en el naufragio de sus expectativas académicas cuando los fallidos resultados para entrar en la fiscalía de distrito son expuestos en la prensa, sus amores conflictivos con Daryl Hannah, su gusto por el deporte, la bicicleta, la vida citadina en Manhattan.

El punto de encuentro es un evento de caridad, el flechazo, una cita con llegada tarde incluida, y el beso de despedida y promesa de continuidad. Todo se asemeja a una telenovela fina y algo formal, casi como una versión streaming de las viejas soap operas de la televisión de los 90, década que ofrece el entorno perfecto para la relación. Y allí hay otra idea clave en la serie: el retrato de una época en la que mucho de lo que conocemos hoy estaba en ciernes, desde la espectacularización de la política -es interesante la conversación de John John con sus futuros inversores para el lanzamiento de la revista George, que entonces representaba una audacia y hoy sería una pacatería-, hasta la idea de una celebridad nueva, encarnada en la elección de Kate Moss como rostro de Calvin Klein -una idea de Carolyn que termina atribuida a otros-, en la preocupación por la corrección política -algo que hoy se ha convertido en un artilugio para las peores inmoralidades-, y en la presencia de los paparazis y sus clicks, algo que ha dejado lugar a la intromisión del celular y el ojo ciudadano en la vida de todos en todo momento (la pelea en Tompkins Square Park ocurrida en 1996 y capturada en vivo en la televisión anticipa lo que vendría).

Love Story: John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette presenta a los desconocidos Sarah Pidgeon como Carolyn y a Paul Anthony Kelly como John John

En esa dinámica de seducción entre los futuros amantes, la serie se preocupa por definir a sus protagonistas. John John es el chico con infancia trágica y sometido al constante escrutinio de la mirada pública, que no parece encontrar su destino. Muchas novias, altibajos en la carrera académica, fantasías con ser actor, indecisión sobre su presente emocional. Su contrapunto es su hermana Caroline (Grace Gummer, hija de Meryl Streep), casada y estable, también atrapada en ese rol de la chica responsable y formal, ambos llamados siempre a la mesa familiar en la que Jackie Kennedy-Onassis (Naomi Watts) dirige la función.

La mirada sobre todos es comprensiva, tanto de Jackie, signada por el recuerdo de las presiones de su pasado para cumplir con el rol de Primera Dama, el trauma del magnicidio, la traición que vivió su país ante el matrimonio con Onassis, y su emergente enfermedad. Y sus hijos oscilan entre la devoción por el personaje, la comprensión del trauma heredado, y la necesidad de escribir su propia historia.

En todas y cada una de las escenas de conversación o discusión familiar, la serie privilegia su abordaje humano -más allá de lo ajustado a una realidad inaccesible-, antes que el grotesco de una sátira que a menudo fue tentación para un escritor como Murphy. Es claro que este mundo resplandece frente a la percepción de la política y la vida pública actual, bajo cierta forma de nostalgia que es inocultable. Los Kennedy resultan hoy, incluso más que en el tiempo en el que estuvieron en el centro del morbo de lectores y espectadores del mundo, un vestigio de un mundo perdido (salvo la figura del primo de John John, Robert Kennedy Jr., convertido en un asesor de Donald Trump contra las vacunas y a favor de las carnes rojas). Esa mística que el apellido ostentaba en los 90 encarnaba una forma de pensar el siglo XX que habían atravesado -con sus glorias y sus ignominias- vinculada a la conciencia de sentirse -a menudo a pesar de su propia elección- referentes de eso que delineamos como el entramado público de una sociedad.

“A la edad de 33 años mi padre era padre, era un autor publicado con éxito, un congresista y un héroe de guerra. ¿Qué he logrado yo hasta el momento?”, reflexiona John John ante su madre. Esa sola idea de sentir la presión de un referente paterno de la envergadura de John Kennedy, con sus luces y sus sombras, ofrece el revés humano del que debe medirse con el bronce.

El look de los 90

La serie de antología originalmente se iba a llamar American Love Story -como un juego de palabras con la exitosa American Horror Story-, pero finalmente tanto Ryan Murphy como Brad Simpson -productor ejecutivo de aquella franquicia y también de American Crime Story y American Sports Story-, decidieron un término que abriera las puertas a lo global: Love Story a secas. Y obviamente la dimensión irónica del título proponía incluir en la “historia de amor” los matices de una relación que comenzó con malentendidos y presiones externas debido a las relaciones con ambas exparejas -Daryl Hannah y el modelo Michael Bergin-, debido al impacto de la enfermedad de Jackie por un linfoma no Hodgkin recién diagnosticado, y al horizonte de la tragedia aérea frente a la costa de Martha’s Vineyard. Hay algo del cuento de Cenicienta, con John John como el príncipe heredero reacio a los mandatos de su reinado, y Carolyn como la plebeya con pasado de empleada de una tienda de Calvin Klein en Boston y convertida en un adalid de la compañía en pleno Manhattan. Entre ambos estaban las ataduras familiares, la presión de los medios, pero también la tenacidad de ella en su independencia y la indecisión de él respecto al rumbo a tomar para su futuro.

El look de Pidgeon en las primeras fotos de prueba filtradas a la prensa fue objeto de severas críticas debido a que traicionaba el estilo original y distintivo de Carolyn Bessette

De entrada, la producción decidió elegir actores desconocidos para interpretar a John Jr. y Carolyn: la elección de Sara Pidgeon fue casi inmediata; la del modelo y actor canadiense Paul Anthony Kelly, más difícil, rescatado casi a último momento entre las fotos de descarte del casting.

Finalmente, la prueba de cámara convenció a Murphy y a Simpson, y cuando filtraron las primeras fotografías de prueba a la prensa, un nuevo revuelo pareció malograr el triunfo. Las críticas fueron feroces sobre el vestuario de Pidgeon, asegurando que parecía “fast fashion” en términos peyorativos, un atuendo salido de una mesa de saldos. Hay que recordar que Carolyn Bessette se convirtió de inmediato en un ícono de la moda de los 90, en parte por su formación en Calvin Klein, pero sobre todo por su estilo muy personal, que llevó con el tiempo a la primera línea a marcas como Yohji Yamamoto y Miu Miu.

Según detalla una reciente entrevista en Vanity Fair, el problema no eran solo las zapatillas. Pidgeon llevaba el bolso Birkin equivocado: el número 35, y no el característico de Bessette, el número 40. Brad Johns, excolorista de Bessette, señaló que el cabello de Pidgeon era “demasiado ceniciento y monótono”, sin esos mechones cremosos que se convirtieron en el sello distintivo de Bessette. Finalmente, Pidgeon se tiñó el pelo de un rubio más intenso y el estilo de la serie decantó por el minimalismo de Calvin Klein, de allí la sobriedad en los decorados, la discreta iluminación, la elección conceptual de un tono alejado de las estridencias del “universo Ryan Murphy”, tan fagocitado por su omnipresencia en el streaming.

Love Story apuesta por una mirada desde el interior de la vida de los personajes, explorando el costado humano -aun revelando sus bemoles para quienes no hayan estado atentos a la exposición mediática de aquellos días-, y con la conciencia de que representan una parte sustancial de la cultura popular de los Estados Unidos.

Love Story: John Kennedy Jr. y Carolyn Bessette ya está disponible en Disney+.

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