Carola Bachiller y su hermana, María LuzCarola Bachiller y su hermana, María Luz

“Siempre hay algo de luz atrás del dolor”: tenía 16 años cuando sobrevivió a una tragedia en la que perdió a su hermana, su tío y su abuela

2026/02/07 14:00
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Hace unos años, Carola Bachiller tuvo uno de esos sueños que se recuerdan toda la vida. Le resonó una frase que hoy lleva tatuada en su muñeca. Se la decía su hermana mayor, María Luz, en el mismo sueño: “Viví como si supieras que no estás sola”. Viví como si supieras.

La familia de Carola antes del accidente

En 1990 Carola tenía 16 años y era como cualquier adolescente. Le gustaba salir con amigos, hacer deportes. Era la hermana del medio, la rebelde, movediza. María Luz, de 18, había terminado la secundaria y se preparaba para estudiar Abogacía. Era prolija, obediente. Compartían el cuarto y tenían una relación típica. Pero, en un segundo, un 11 de febrero de ese mismo año, todo cambió.

“Pensé que era una pesadilla”

La abuela materna de Carola había organizado un fin de semana de verano junto a sus tres hijos en Miramar. Aunque uno de sus tíos tenía casa allá, nunca estaba toda la familia junta. Pero esa temporada sí. Mamá, hermanos, primos, tíos, abuelos. Su papá se quedó trabajando, los esperaba en Buenos Aires. Una de esas vacaciones que también pueden ser típicas, “de pura familia”.

Aquel 11 de febrero volvían a Buenos Aires. Debían tomar la Ruta 2, en la época en que solo había un carril para cada sentido. Como eran muchos, se dividieron en varios autos. Ella iba con su tío, su abuela y su hermana.

Carola y María Luz de chiquitas

Se acuerda todo sobre ese día, sobre ese momento. Iba sentada detrás de su tío, que manejaba, y al lado de su abuela. Adelante, él y su hermana. Miraba el atardecer por la ventana, el sol que se ponía de ese lado. Es fácil imaginarlo, la escena repetitiva de la ruta, de los campos o los girasoles alrededor.

Sí, Carola se acuerda de todo: un frenazo, gritos, “muchos gritos”, vidrios rotos y, de golpe, silencio absoluto, “esa contradicción entre el caos y el silencio”, dice. Habían pinchado una rueda, perdieron el control del auto y se fueron para el carril de enfrente justo cuando pasaba otro auto, otra familia.

“Cuando abrí los ojos pensé que era una pesadilla. Me decía: ‘No, no, no, ya me voy a despertar’. El auto quedó destrozado. Entonces, abrí los ojos, vi a mi abuela muerta al lado mío, tenía cortes en los brazos. Era impresionante. A mí me dolía todo el cuerpo. Cuando sentís un dolor físico tan fuerte, es como un umbral que ya da lo mismo, aparte estás en shock, con la adrenalina al mango, como ida”, cuenta.

La familia de Carola Bachiller

Estuvo todo el tiempo consciente, viendo, oliendo, escuchando las voces alrededor cuando llegó la ayuda. Lo compara de una forma precisa: una película. De hecho, le cuesta mucho ver escenificaciones de ese tipo de accidentes: “La verdad es que lo hacen bastante real”.

También recuerda a los socorristas: “Escuché gritos afuera que decían que no se acercaran al auto, que iba a explotar, que había mucho olor a nafta. Y ahí empecé a gritar: ‘¡Auxilio, auxilio, estoy adentro!’. Y en esas cosas que pasan que no tienen mucha explicación, en medio de esos gritos de temor porque nadie se acercara, tenía al lado a una persona que me daba la mano, que me sostenía y me hablaba. Yo le decía: ‘Está mi mamá, viene en otro auto, mi papá está en Buenos Aires esperando que lleguemos’. Di el teléfono, avisé que mamá venía unos kilómetros más atrás. Todo el tiempo estuve consciente”. Todo mientras se sostenía de esa mano que le daba fuerzas.

Cuenta, también, que llegaba a verse los pies. Notaba algo raro, pero no entendía. Hueso, sangre. “¿Qué tengo en el pie?”, le preguntaba al dueño de esa mano, que la distraía, le hablaba de otra cosa, la conectaba con la vida, en contraste con el interior del auto: “Ahí adentro era muerte. Mi hermana había salido disparada, no llevaba el cinturón de seguridad. En esa época nadie lo llevaba. Yo estaba arriba de mi tío, pero en ese momento no me di cuenta. Y mi abuela, al lado mío. Yo preguntaba por mi hermana, y no me contestaban”. Eso raro que se veía en el pie sí era hueso, sí era sangre: se le había cortado completamente.

Carola Bachiller y sus hermanos, antes del accidente

¿Y la mano que la sostenía, que la consolaba, de quién era?: “Nunca supe. Porque mientras decían que nadie se acercara al auto, yo tenía alguien acá, al lado, que me hablaba”.

Una especie de mantra

Cuando la sacaron del vehículo, se desmayó. Al despertar, estaba dentro de la ambulancia, junto con la mujer que viajaba en el auto que venía por el carril de enfrente. Otro recuerdo: sus llantos. Pedía por sus hijos, por su marido. “Yo le decía, recemos, recemos. A esa edad no era muy creyente, pero en esos momentos al borde de la muerte, hay algo visceral que te conecta con algo superior. A mí me sirvió mucho, yo rezaba como una especie de mantra, como para no perderme, no enloquecerme”.

Sí, los gritos le quedaron grabados. También ese otro coche, esa otra familia.

Carola con su hermano después del accidente

“Durante muchos años sentía que necesitaba saber qué había pasado. Me volvía loca que a otra familia, como la mía, el mismo día, en el mismo lugar, le cambió la vida para siempre. Pero no sabía nada más. Y en mi casa me decían que nuestro auto se había desviado, que esa familia debía estar enojada, no querían que profundizara”, detalla.

Tuvieron que pasar 30 años. La historia de Carola se basa un poco en eso: en dejar que el tiempo decante, que el tiempo enseñe cómo salir de lo oscuro, cómo enfrentar el dolor.

Era agosto de 2020, plena pandemia. “En la cuarentena pasaron cosas raras”, asegura. Nunca había soltado del todo esa necesidad de saber. Cuando nació su primer hijo, todos los sentimientos “volvieron a la carga”. A esta parte del relato la llama: “Una historia de amor de cuarentena”.

Carola con Elisa

Uno de esos días de encierro, la contactó por Facebook un hombre. Le preguntó si en el 90 había estado en un choque en la Ruta 2. Le dijo que era el bombero, que en ese entonces tenía 16 años, como ella, y que se acordaba de Carola y de su hermana. Fue su primera asistencia en un accidente. “Te juro que se me paró el corazón”, reflexiona: de alguna forma, había estado esperando ese momento toda su vida.

Juan Manuel, el bombero, le explicó: por la cuarentena, tenía mucho tiempo libre y se había puesto a revisar sus archivos. Estaba contactando a la gente para saber cómo estaban, qué habían hecho de sus vidas. Carola no dudó: “¿Sabés algo del otro auto?”, preguntó. Él tenía todos los datos, todos los papeles: le dijo que viajaba un matrimonio y sus tres hijos, y que habían sobrevivido uno de ellos y su madre.

Sí, Carola se acuerda de todo: el día del mensaje era un domingo frío y de lluvia. Juan Manuel tenía la información y se la había pasado. “¿Qué hago? ¿Qué hago con esto? ¿Qué hago?”, se decía.

Llegó así hasta las redes sociales del chico, del sobreviviente. Notó en lo que escribía, en lo que compartía, una conexión innegable en la experiencia compartida de aquel verano. Se animó y le escribió. Enseguida le respondió Elisa, la mamá, que le preguntó por ella y por su familia. Ellos eran los otros, el otro auto, para Elisa.

Carola y María Luz de chicas

“En el minuto uno me dijo: ‘Carolita, estamos acá para lo que necesites’. Elisa falleció el año pasado, pero tuve la suerte de conocerla. En cuarentena hacíamos videollamadas, no sabés las charlas que tuvimos, nos contamos nuestras vidas después del accidente. Fue un regalo conocerla, y para mí fue como cerrar un círculo”.

Antes de conocerse, Carola recordaba los gritos de Elisa en la ambulancia. Lo que no sabía es que Elisa recordaba el llanto de Carola en la sala que compartieron en el hospital. “Es muy loco pensar que las dos nos escuchamos llorar y nunca nos habíamos visto la cara. Y el abrazo cuando nos vimos… Fue como si nos conociéramos de toda la vida. Un hilo de amor nos une”, destaca.

¿Fue de Juan Manuel la mano que la sostuvo aquella tarde? No, no lo fue.

Cosas difíciles de explicar

Hace solo tres años, Carola tuvo una charla con el tío que venía en el auto de atrás en el que también viajaba su mamá. Ella sabe ver señales en la vida, y que hay cosas que no se pueden explicar.

Carola, su mamá y su hermana

Él le contó su experiencia, otra pieza del rompecabezas de ese día. Le explicó que la policía iba parando a los vehículos que pasaban y les preguntaban por la familia de Carola Bachiller. Dieron con ellos, los acercaron al lugar por la banquina. “Yo le venía preguntando hacía años cómo vivió él lo que pasó. Porque todos vivimos algo tremendo, y nadie lo compartió mucho. Yo quería saber, porque siento que es algo que nos corresponde a todos, que nos pertenece a todos”, enfatiza.

Él le decía que ya le iba a contar, pero nunca lo hacía. Había cosas a las que no les encontraba explicación, y él se consideraba una persona racional, que creía en lo que se ve. Pero no siempre lo que se ve se entiende.

En esa charla le detalló: cuando llegaron al lugar del accidente se encontraron con los bomberos y la policía. El tránsito estaba completamente cortado. Dos jóvenes se acercaron a su auto. Eran rubios, llevaban camisas escocesas, los dos vestidos igual. Lo abrazaron, le dijeron: “Ahora solo ocupate de Carola”.

Carola, su mamá y su papá

“¿Qué pasó con esos chicos? No sé. ¿Quiénes eran esos chicos? No sé. Cuando estaba internada en Buenos Aires, me vinieron a visitar. Yo no los reconocí porque no les había visto la cara. Me lo contó una amiga tiempo después. Me dijo: ‘¿No te acordás cuando una vez te fueron a visitar dos chicos, te preguntaban si los recordabas y vos les decías que no? Uno se te acercó, te dio la mano y te dijo: ¿Ahora te acordás de mí?’. Como si fuera la mano que me sostenía dentro del auto”, comenta.

Ese mismo día los chicos se encontraron con su tío afuera de la habitación. Él les dijo que quería agradecerles por la ayuda, que les quería mandar un regalo. Les pidió el teléfono y la dirección. “Y nunca más los localizó. El teléfono era un teléfono inexistente, y en esa dirección no vivía nadie. Mi tío fue hasta ahí, era un lugar que no existía. Son esos paréntesis: cuando tocás el dolor tan tremendo, te pasan cosas difíciles de explicar”, destaca.

Un movimiento sísmico subterráneo

Después del accidente, la casa de Carola, y Carola misma, se transformaron. Habían sufrido una pérdida enorme. Ella estuvo muchos meses en silla de ruedas, después usó muletas (se había roto también la pelvis) y, para agosto de 1990, le pusieron una prótesis: le habían amputado la pierna donde sufrió la lesión.

No fue fácil: a los 16 años, plena adolescencia, su cuerpo había cambiado de un día para el otro. Mientras tanto, “su casa era un caos”. Ella llevaba su pesar por dentro, había sobrevivido, y no se sentía con “derecho” a quejarse: “No quería cargar a mis papás, que estaban muy tristes, con mis cosas. En mi casa era tal el dolor que se vivía, que yo de qué me iba a quejar, si me había salvado, tenía la suerte de no haberme muerto. Lo viví bastante en soledad. Crecí un poco con ese enojo interno. Todos perdimos la familia como era. En casa, mis padres tenían una tristeza tan profunda que no se podía ni respirar. Fue muy difícil”.

Muchos años después, llegó otro momento que no sabía que necesitaba: vivir el dolor para superar el dolor.

Sabe que fue una joven fuerte, que es una mujer fuerte. Pero también sabe que, hasta hace poco, vivió en un estado de disociación. “De grande aprendí que la disociación nos ayuda a avanzar, te permite tomar decisiones y avanzar. Yo aprendí a caminar, pude terminar el colegio, me anoté en la facultad. Mi mamá tenía pánico de que me deprimiera, pero no me permití eso. Pero después necesitás integrarte de nuevo y ver qué pasó. Me costó mucho hacer ese trabajo”, dice.

Carola con su marido y sus hijos

Concretamente, se dio cuenta de que algo pasaba el día en que se enteró del fallecimiento de un compañero de su hijo, que tenía seis años. No eran muy cercanos, pero algo la golpeó: “Me devastó, me devastó. No me podía levantar de la cama. Me preguntaba qué me pasaba, no era mi hijo, ella no era mi amiga. Ahora sí lo somos, pero en ese entonces, no. Pero no podía respirar, no podía respirar. Ahí empecé a hacer terapia EMDR, que sirve para procesar los traumas. Y entendí que esa cajita que había cerrado por supervivencia no te sana, aunque en el momento te salva. Recién ahí me metí en el territorio del duelo”.

Tiene una forma de llamarlo. Aunque no había encontrado sus propias palabras, las halló en el libro Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan: “Un movimiento sísmico subterráneo”. Un trauma no trabajado, aclara, es un movimiento sísmico subterráneo: no lo ves, parece que todo está en calma, pero de golpe, aparece y devasta.

Carola con su familia

El luto es necesario, remarca. Debió transitarlo como un espacio que se recorre y se vive de manera personal. Aunque le costó, hoy sabe explicar muy bien de qué se trata ese trabajo: “Es tocar el dolor, y siempre hay algo de luz atrás. Siempre. Hay que buscarla. Por ahí no es como a vos te gustaría, como vos querías, pero hay una luz atrás de cada dolor”. Hay luz metafórica, y, en su caso, también está María Luz.

Viví como si supieras

Carola cuenta que todo ese trabajo que la llevó a enfrentar el dolor, el accidente, la acercó de nuevo a María Luz. Se pregunta, a veces, cómo hubiera sido ella, cómo hubieran sido juntas, de grandes. ¿Se habría casado? ¿Hubiera tenido hijos? Hay momentos en que pensarlo la perturba, pero, en otros, identifica esas dudas como parte de un reencuentro, de volver a sentirla a su lado, de verla en las señales que busca todos los días a su alrededor.

“Desde que empecé mi trabajo personal, siento que recuperé a mi hermana. La siento, me acompaña, me ilumina el camino”, reflexiona. ¿Dónde la siente? ¿Cuándo la siente? Siempre, en todos lados. Recuerda un sueño, uno de esos, dice, que en la vigilia se confunden con la realidad. Y con él recuerda, a su vez, la emoción.

Carola y su familia

En ese sueño se veía en otra época. Era una guerra, y ella trataba de consolar a un chico que lloraba mientras jugaban con un perro. De golpe sintió que alguien le tironeaba de la remera desde atrás. Cuando giró, la vio: era su hermana, luminosa y con una sonrisa gigante.

Por mucho tiempo Carola se sintió como un barrilete: sin sustento, sin alguien que la agarrara para que no se fuera volando a la deriva, llevada por el viento. Pero en ese sueño, volaba de otra manera.

“María Luz me dijo: ‘Vení, vení’. Me agarró de la mano, salimos de ese lugar, y empezamos a volar. Me mostraba el mundo desde arriba. Me dijo: ‘Caro, si supieras lo que es esto, dejarías de preocuparte por las cosas y disfrutarías más la vida. Viví como si supieras… viví como si supieras que no estás sola, que estás sostenida’”. Ese es el tatuaje que lleva en la muñeca, el recuerdo eterno en la piel.

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