DALLAS – Después de que las fuerzas especiales estadounidenses invadieran Venezuela para capturar y rescatar a Nicolás Maduro, muchos creen que el presidente Donald Trump actuó motivado por el deseo de controlar las vastas reservas petroleras del país. Pero ¿con qué fin? ¿Acaso Trump busca aumentar las ganancias de las refinerías de la Costa del Golfo de Estados Unidos, equipadas para procesar el crudo pesado venezolano? ¿O su objetivo es inundar el mercado global, bajar los precios del petróleo para los consumidores estadounidenses y, como beneficio adicional, desmantelar la OPEP?
Cualquiera que sea el objetivo de apoderarse del petróleo de Venezuela, lograrlo depende de si el país puede aumentar significativamente su producción.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, estimadas en 300,000 millones de barriles , y ha estado durante mucho tiempo en el centro de la geopolítica energética mundial. Su crudo pesado, especialmente el proveniente de la Faja del Orinoco, ha desempeñado históricamente un papel crucial en el abastecimiento de refinerías optimizadas para dicha materia prima, incluidas las ubicadas a lo largo de la costa estadounidense del Golfo de México. Como resultado, muchas administraciones estadounidenses han considerado a Venezuela un interés estratégico.
Pero después de que Hugo Chávez, predecesor de Maduro, iniciara una segunda ola de nacionalizaciones en 2007, confiscando cientos de empresas privadas y activos extranjeros en Venezuela, Estados Unidos pasó a depender más del crudo de Canadá, un aliado políticamente estable. Estas reservas, de larga duración y baja declinación, llegan a través de una intrincada red de oleoductos y se venden con descuento. El año pasado, Estados Unidos importó un promedio de 6.2 millones de barriles diarios de crudo (principalmente crudo medio y pesado), de los cuales más del 60% provino de Canadá.
En cambio, las refinerías estadounidenses no importaron crudo venezolano en los primeros meses de 2025 y comenzaron a comprar pequeñas cantidades solo después de que la administración Trump permitiera a Chevron reingresar a Venezuela para la producción y exportación de petróleo bajo condiciones relativamente estrictas. Antes del arresto de Maduro, las refinerías estadounidenses importaban solo unos 150,000 barriles diarios de Venezuela.
Además, Trump ha anunciado que los 30 a 50 millones de barriles de petróleo sancionado que Venezuela entregará a Estados Unidos se venderán en nombre de Venezuela, y que la administración controlará el gasto de las ganancias. Dos casas comerciales ya están en conversaciones para vender este petróleo a refinerías chinas e indias. En conjunto, estas realidades demuestran que Trump no busca satisfacer la demanda de las refinerías de la Costa del Golfo.
Algunos han especulado que Trump podría usar crudo venezolano para abastecer las reservas estratégicas de petróleo de Estados Unidos. Sin embargo, desde la década de 1990, se ha convertido en una regla no escrita que solo se utilizará petróleo nacional para este propósito, una política de la que es poco probable que Trump se desvíe, sobre todo porque el crudo venezolano es demasiado ácido para cumplir con las especificaciones requeridas para las compras de petróleo de Estados Unidos.
En cambio, a juzgar por los comentarios y acciones de Trump, parece que busca dinero. Venezuela acordó compensar a las compañías petroleras estadounidenses por sus activos nacionalizados, pero no pagó, incluso después de que estas firmas acudieron a arbitraje y ganaron sus casos. Trump quiere cobrar ese dinero, pero Venezuela está en bancarrota y el petróleo es su recurso más valioso.
Estas medidas desmienten las afirmaciones de que Trump busca bajar los precios del petróleo y tiene en la mira a la OPEP. ¿Por qué las compañías energéticas gastarían decenas de miles de millones de dólares en revitalizar la deteriorada industria petrolera venezolana, que es lo que Trump les pide, solo para reducir drásticamente sus propias ganancias inundando el mercado de crudo y haciendo bajar los precios?
En cualquier caso, Venezuela no podrá aumentar significativamente su producción en el futuro cercano. Aumentar la producción en un millón de barriles diarios requiere una inversión de aproximadamente 20,000 millones de dólares y tomará unos tres años. Para entonces, algunos analistas proyectan que la demanda mundial de petróleo habrá crecido entre 2 y 3 millones de barriles diarios , mientras que el agotamiento habrá reducido la producción entre 12 y 15 millones de barriles diarios, lo que significa que el mundo necesitará alrededor de 15 millones de barriles diarios de petróleo nuevo. Por lo tanto, cualquier aumento en la producción venezolana no inundará el mercado ni bajará los precios. De hecho, sería una adición bienvenida a la oferta mundial.
En cuanto a la procedencia de estos 20,000 millones de dólares, la historia sugiere que la mayor parte se redirigirá desde proyectos futuros en otros países, en lugar de un gasto adicional al presupuesto anual de inversión de estas empresas. Por lo tanto, los efectos del aumento de la producción en Venezuela serán limitados, ya que se produce a expensas del aumento de la producción en otras partes del mundo. La idea de que tal cambio causaría problemas dentro de la OPEP es absurda.
El petróleo y el dinero que genera impulsan claramente el interés de Trump en Venezuela. Pero también influyen cuestiones políticas más amplias. En los últimos años, Venezuela ha desarrollado profundos vínculos económicos con China, que adquirió la mayor parte de su petróleo sancionado. A medida que se intensifica la rivalidad económica entre China y EU, en particular en la carrera por el dominio de la inteligencia artificial, será indispensable un acceso fiable a energía abundante y, al mismo tiempo, controlar el flujo energético hacia los competidores.
El autor
Anas Alhajji es economista energético y execonomista jefe de NGP Energy Capital Management.
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