Viktor Orbán llegó este jueves a la cumbre de Bruselas sin intención de ceder. El primer ministro húngaro mantuvo el veto al préstamo de 90.000 millones de euros aprobado en diciembre por los 27 socios de la Unión Europea para financiar la economía y las fuerzas armadas de Ucrania, y abandonó la reunión con la misma posición con la que entró.
Sus pares no ocultaron la irritación: en una inusual muestra de reproche público entre aliados, varios jefes de gobierno lo acusaron de explotar la crisis ucraniana para recuperar terreno electoral en casa.
“Está usando a Ucrania como arma en su campaña electoral, y eso no está bien. Teníamos un acuerdo y creo que nos traicionó”, declaró el primer ministro de Finlandia, Petteri Orpo. El canciller alemán Friedrich Merz fue más directo aún: la víspera de la cumbre acusó a Orbán de “montar este bloqueo en Europa por razones políticas internas y por una campaña electoral”.
La crítica fue compartida por el primer ministro belga Bart De Wever, quien consideró “inaceptable” que un líder apruebe una decisión colectiva y luego se niegue a ejecutarla, y por el canciller austriaco Christian Stocker, que descartó los argumentos energéticos de Budapest como pretexto ante la situación humanitaria en Ucrania.
La posición de Orbán está atada a un conflicto energético con Kiev que comenzó a finales de enero, cuando ataques rusos con drones dañaron infraestructuras del oleoducto Druzhba en la región de Leópolis, interrumpiendo el suministro de crudo hacia Hungría y Eslovaquia.
Budapest acusa a Kiev de bloquear deliberadamente las reparaciones; Ucrania atribuye los daños a Rusia y señala las complejidades bélicas como causa de los retrasos. Orbán, en funciones desde 2010 y que busca un quinto mandato, resumió su postura en términos tajantes: “Si hay petróleo, habrá dinero. Si no hay petróleo, no hay dinero”.
El Druzhba —cuyo nombre significa “amistad” en ruso— ha sido durante décadas el principal conducto de crudo ruso hacia Europa Central. Hungría y Eslovaquia recibieron exenciones cuando la UE restringió las importaciones de petróleo ruso tras la invasión de
Ucrania en 2022, por carecer ambos países de acceso marítimo. Según el primer ministro croata Andrej Plenković, Budapest y Bratislava pagan por ese crudo alrededor de un 30% menos que el precio de mercado, lo que añade un componente económico concreto a la disputa.
Para intentar destrabar el impasse, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, ofrecieron esta semana financiar las reparaciones del oleoducto. Ucrania aceptó la propuesta, y Zelensky, que se dirigió a los líderes por videoconferencia, aseguró que las obras podrían concluir en unas seis semanas si no hay nuevos ataques. Orbán, sin embargo, rechazó levantar el veto mientras no se restablezca el flujo de crudo, y afirmó en un video en X haber resistido “bajo presión de todos los lados”.
El primer ministro eslovaco Robert Fico también retiró su apoyo a la declaración final de la cumbre por no incluir la cuestión del oleoducto. El comunicado fue aprobado en último término por 25 líderes —sin Orbán ni Fico— y se limitó a expresar la expectativa de que el primer desembolso a Ucrania llegue “a comienzos de abril”. El episodio expuso una debilidad estructural del Consejo Europeo: Hungría, con casi 10 millones de habitantes sobre los 450 millones del bloque, puede paralizar decisiones que afectan a toda la alianza gracias a la regla de unanimidad.
El trasfondo electoral es difícil de ignorar. Las encuestas independientes sitúan a Orbán por detrás de Péter Magyar, líder del partido opositor Tisza —Respeto y Libertad—. El instituto Medián otorgó al candidato opositor el 55% de los votos frente al 35% del Fidesz entre quienes afirman participar con seguridad en los comicios del 12 de abril. Orbán ha construido su campaña sobre la narrativa de que Zelensky, respaldado por Bruselas, pretende arrastrar a Hungría a la guerra, y que solo su reelección garantiza la paz.
La Comisión Europea estima que Ucrania podría sostener sus gastos con los fondos disponibles hasta finales de abril o primeros de mayo. Con las elecciones húngaras fijadas para el 12 de ese mes, los diplomáticos europeos dan por descontado que el impasse se prolongará hasta conocer el resultado. Lo que ocurra después dependerá de si Orbán conserva el poder o si Hungría inaugura, por primera vez desde 2010, un gobierno sin él.

