Adam Smith y Javier MileiAdam Smith y Javier Milei

Adam Smith: quién fue el filósofo escocés que hoy homenajea Javier Milei en el Palacio Libertad

2026/03/19 05:04
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A 250 años de La riqueza de las naciones, Adam Smith vuelve al centro de la escena política argentina. Este miércoles, el presidente Javier Milei lo homenajea en el Palacio Libertad, en un gesto que confirma hasta qué punto el pensador escocés sigue siendo una referencia clave en su discurso. No es casual: hace pocos días, en el Madrid Economic Forum 2026, Milei volvió a citar la “mano invisible” de Smith como parte de su defensa del capitalismo.

El presidente Javier Milei participó del Madrid Economic Forum 2026, en Madrid

Los primeros años

Adam Smith nació en 1723 en Kirkcaldy, Escocia, en una familia de recursos medios. Su padre murió antes de que él naciera, así que fue criado por su madre, Margaret Douglas, con quien mantuvo una relación muy cercana durante toda su vida. De su vida privada se sabe poco: no se casó ni tuvo hijos. Creció, además, en una Escocia en plena transformación, después de que el Acta de Unión de 1707 sellara la unión con Inglaterra y cambiara de forma decisiva la vida política y económica británica.

Desde chico mostró interés por el estudio. Entró muy joven a la Universidad de Glasgow, donde tuvo como maestro al filósofo Francis Hutcheson, una de las figuras más importantes de la Ilustración escocesa. Después siguió estudiando en Oxford, aunque esa experiencia no le gustó tanto: encontró un ambiente más rígido y menos estimulante que el de Glasgow.

Homenaje a Adam Smith

Su formación y primeros libros

En 1746 volvió a Escocia y empezó a ganarse un lugar en el mundo intelectual de su tiempo. Primero dio conferencias en Edimburgo y luego fue profesor en la Universidad de Glasgow. Allí enseñó lógica y filosofía moral, una materia que en esa época incluía ética, política, justicia y también economía. En ese entonces, fue cuando empezó a desarrollar las ideas que más tarde lo harían famoso.

Antes de convertirse en una referencia del pensamiento económico, Smith se hizo una pregunta más amplia: cómo actúan las personas, qué las mueve y cómo logran convivir en sociedad. Esa preocupación apareció en su primer libro: La teoría de los sentimientos morales, publicado en 1759. Después puso el foco en el comercio, el trabajo y la riqueza de las naciones.

En 1776, publicó La riqueza de las naciones, el libro que lo convirtió en una figura central de la historia del pensamiento económico. Allí intentó responder una pregunta clave para su tiempo, y también para el nuestro: de dónde sale la riqueza de un país y cómo puede crecer. Con el tiempo, esa obra pasó a ser considerada uno de los textos fundadores de la economía moderna.

Primera página de La riqueza de las naciones, en su edición de Londres de 1776, el libro más famoso de Adam Smith y una obra clave en la historia del pensamiento económico (Wikipedia)

La mano invisible

La "mano invisible" es una de las metáforas más famosas de la historia de la Economía y fue introducida por Adam Smith en su obra cumbre, La riqueza de las naciones. En términos simples, sostiene que el interés propio de los individuos puede llevar, de manera no intencionada, al bienestar general de toda la sociedad.

¿Cómo funciona? Smith argumentaba que, en un mercado libre, no hace falta que una autoridad dirija la economía para que esta sea eficiente. El proceso sigue esta lógica:

  1. Búsqueda del beneficio personal: El panadero no hace pan por benevolencia hacia sus vecinos, sino porque quiere ganar dinero para mantener a su familia.
  2. Competencia: Para ganar dinero, el panadero debe ofrecer un pan de buena calidad y a un precio que la gente esté dispuesta a pagar. Si su pan es malo o muy caro, los clientes irán a otro lado.
  3. Autorregulación: Esta competencia “fuerza” a los productores a ser eficientes, a innovar y a mantener precios bajos.
  4. Resultado social: Aunque todos actúan de forma “egoísta” (buscando su propio lucro), el resultado final es que la sociedad dispone de productos de calidad, abundantes y a precios competitivos.

Para que esa dinámica funcione correctamente, deben darse ciertas condiciones: libre mercado (ausencia de monopolios o intervenciones estatales), propiedad privada (la seguridad de que los frutos del esfuerzo individual pertenecen a quien los produce) e información (que consumidores y productores conozcan precios y calidad de lo ofertado).

En definitiva, la “mano invisible” sostiene que el mercado es un mecanismo que se autorregula. Y que cuando cada individuo persigue su propio beneficio, termina beneficiando a la sociedad. Todo esto sin que nadie haya planeado ese bienestar colectivo.

La división del trabajo

La teoría de la división del trabajo es, para Adam Smith, el motor principal del crecimiento económico y el progreso de las naciones. Él abre su obra La riqueza de las naciones con este concepto, argumentando que la clave de la prosperidad no es la acumulación de riqueza, sino la productividad del trabajo.

Para ilustrar su teoría, Smith describió una pequeña manufactura de alfileres. Observó que si un trabajador intentara hacer un alfiler por su cuenta, desde estirar el alambre hasta ponerle la cabeza, difícilmente podría fabricar 20 alfileres al día. Pero si el proceso se divide en 18 operaciones distintas realizadas por diferentes personas (uno estira el alambre, otro lo endereza, otro lo corta, otro le saca punta, etc.), esos mismos trabajadores podrían fabricar miles de alfileres por día.

¿Por qué aumenta la productividad? Smith identifica tres razones específicas por las cuales dividir las tareas hace que la producción se dispare:

  1. Aumento de la destreza: al repetir una sola tarea simple, el trabajador se vuelve mucho más hábil y rápido en ella que si tuviera que realizar diez tareas diferentes.
  2. Ahorro de tiempo: se elimina el tiempo muerto que se pierde al pasar de una herramienta a otra o al cambiar de ubicación física dentro del taller.
  3. Innovación tecnológica: cuando un trabajador se enfoca exclusivamente en una tarea mecánica, es mucho más probable que descubra métodos más fáciles o que invente maquinaria para facilitar ese paso específico.

Pero Smith señala una “regla de oro” para que esta teoría funcione: “La división del trabajo está limitada por la extensión del mercado”, dice. ¿Qué quiere decir? Si vivís en un pueblo pequeño y aislado, no podés ser “especialista en fabricar solo clavos”, porque no habría suficientes compradores. Tendrías que ser un herrero generalista. Por el contrario, en una gran ciudad o en un sistema de comercio internacional, la demanda es tan alta que permite que cada persona se especialice al máximo, lo que genera una eficiencia enorme.

Al mismo tiempo, señalaba un “lado oscuro”: repetir durante años una tarea simple y mecánica podía volver al trabajador “tan estúpido e ignorante como sea posible para una criatura humana”.

La división del trabajo fue la base de la Revolución Industrial y, más tarde, del sistema de producción en cadena de Henry Ford.

La teoría del valor

Aquí Adam Smith se propone descifrar qué determina el precio de las cosas y por qué algunos objetos muy útiles valen tan poco, mientras que otros sin utilidad evidente, cuestan una fortuna. Esa es la llamada “paradoja de Smith”, también conocida como “la paradoja del valor” o “la paradoja del agua y los diamantes”.

Smith observó dos formas diferentes para medir el valor de las cosas: el “valor de uso” y el “valor de cambio”.

El “valor de uso” está determinado por la utilidad de un objeto para satisfacer necesidades. El ejemplo perfecto es el agua, que tiene un “valor de uso” altísimo (sin ella morimos), pero casi no tiene poder de cambio.

El “valor de cambio” es la capacidad de un objeto para ser intercambiado por otros bienes. Aquí no hay mejor ejemplo que un diamante, que no tiene casi “valor de uso”, pero su “valor de cambio” es inmenso.

Smith se centró en investigar las leyes que rigen el “valor de cambio”. Decía que en una sociedad primitiva, el valor de un producto se definía simplemente por el esfuerzo: si cazar un castor lleva el doble de tiempo que cazar un ciervo, un castor debería valer dos ciervos.

Pero a medida que la sociedad se vuelve más compleja, Smith reconoce que el trabajo ya no es el único factor que determina el precio. El valor de cambio de una mercancía se divide en tres partes: salario (la remuneración por el trabajo aportado), beneficio (la ganancia que espera el dueño del capital por haber invertido en herramientas, materias primas y sueldos) y renta (el pago al dueño de la tierra por el uso de los recursos naturales).

De la suma de estos tres componentes surge lo que Smith llamó “el precio natural” de un bien. Sin embargo, hizo una distinción crucial entre lo que un bien “vale” y lo que se paga por él en la calle, lo que es el “precio de mercado”, que está regulado por la oferta y la demanda.

Si la oferta es escasa y la demanda alta, el precio de mercado sube por encima del precio natural. Pero Smith creía que, con el tiempo, la competencia actúa como una fuerza que tiende a acercar el precio de mercado al precio natural.

El rol del estado (Teoría de Laissez-faire)

Smith defendía el liberalismo económico y el “dejar hacer”. Pero no era un anarquista de mercado. En La riqueza de las naciones, planteó que el Estado debe limitarse a estas tres áreas:

  1. Defensa exterior: proteger a la sociedad frente a amenazas o invasiones.
  2. Justicia: proteger a los ciudadanos de la injusticia u opresión y velar por la propiedad privada, ya que sin un sistema confiable nadie se arriesgaría a invertir.
  3. Obras públicas: mantener instituciones e infraestructuras que son útiles para todos pero que no resultarían rentables para un solo individuo. Aquí una salvedad: a pesar de que en su teoría el Estado debe organizar la obra, Smith sostenía que el financiamiento no debía recaer únicamente en el tesoro público general, en los impuestos de todos. Las carreteras debían financiarse mediante peajes y los puertos mediante tasas portuarias. En su lógica, “el que las usa, las paga”.

Al mismo tiempo, sostenía que la intervención excesiva del gobierno podía resultar contraproducente porque distorsiona la “mano invisible”. Decía que otorgar privilegios exclusivos a empresas o gremios elimina la competencia y perjudica al consumidor. También rechazaba el proteccionismo: creía que si un país extranjero puede proveernos un bien más barato de lo que nos cuesta fabricarlo, lo mejor es comprarlo. Y advertía sobre los peligros de que el Estado se endeude para financiar guerras o lujos, ya que esto retira capital que de otro modo se usaría para crear empleos productivos.

En su visión, el Estado puede funcionar como “árbitro” (facilitador y protector del marco legal), pero jamás como “jugador”.

Adam Smith

La acumulación de capital

Para Adam Smith, la acumulación de capital es el combustible que hace que la economía crezca. Sostiene que sin ahorro e inversión, la división del trabajo (que aumenta la productividad) no puede profundizarse.

Los pilares de esta idea son:

  1. El Ahorro (“frugalidad”): la riqueza no crece por gastar, sino por dejar de consumir hoy para invertir mañana. Quien ahorra e invierte es un benefactor público porque crea empleo.
  2. Trabajo Productivo: Smith distingue entre quienes fabrican algo tangible (obreros, artesanos) y quienes no (servidumbre, clero). Solo el capital invertido en trabajo productivo añade valor real a la economía.
  3. El Círculo Virtuoso: Al haber más capital, se pueden comprar mejores máquinas y contratar más gente. Esto permite una mayor división del trabajo (especialización).
  4. Productividad: Un trabajador especializado produce mucho más que uno que hace todo. Esa mayor producción genera más beneficios, que vuelven a ahorrarse e invertirse, reiniciando el ciclo.

Teoría de los sentimientos morales

En su obra “La teoría de los sentimientos morales” (1759), Smith explica que el ser humano no se mueve solo por egoísmo, sino por una capacidad natural de conectarse con los demás.

Para él, la base de la moral es la empatía. No la define como “sentir lástima”, sino como nuestra capacidad de imaginar qué siente el otro en una situación dada. Al observar a alguien, nos ponemos en sus zapatos: si sus sentimientos nos parecen adecuados a la causa que los provoca, los aprobamos; si no, los rechazamos. Este “reflejo” emocional es lo que nos permite juzgar qué es correcto o incorrecto.

Sostiene que todos llevamos dentro un “espectador imparcial”, un juez interno que evalúa nuestra conducta como si fuera un tercero que no nos conoce. Dice que no actuamos bien solo para que otros nos aplaudan, sino para ser “dignos de aplauso” ante este juez interno. De acuerdo a su teoría, este mecanismo es lo que permite que una sociedad funcione sin que haya un policía en cada esquina: el individuo se autocontrola para no perder la aprobación de su propia conciencia.

Smith habla de la Justicia como el pilar fundamental: sin reglas que impidan el daño mutuo, la sociedad se desmoronaría. Y destaca que el deseo de hacer el bien no puede ser obligado por ley, pero es lo que hace que la vida social sea placentera y floreciente.

¿Qué tiene que ver todo esto con la economía? Justamente, proporcionó los fundamentos éticos, filosóficos, psicológicos y metodológicos a sus trabajos posteriores, incluido La riqueza de las naciones (1776). “La mano invisible” solo puede funcionar si existe este marco moral previo. El intercambio económico requiere confianza, honestidad y el respeto a la propiedad del otro, valores que nacen de nuestra necesidad de ser aprobados por el “espectador imparcial”.

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