La frase que más escucha Diego cuando sale a pintar es “¿De verdad es gratis? ¿No me cobrás nada?”. A medida que progresa la tarde, esa desconfianza se transforma en gratitud y alegría.
Una vez por semana, Diego carga su camioneta con baldes de pintura, sellador, pinceles y lijas. Lo acompañan su sobrino y algún amigo. Salen a dar vueltas por la calle, atentos a emprendimientos de barrio, locales instalados en garajes o cuartos de casas. Es decir, comercios humildes y modestos.
Cuando encuentran un kiosco, un almacén o una librería de barrio, Diego se acerca a los dueños a hacerles una oferta: “¿Querés que pintemos el frente de tu local?”
Diego Fleitas tiene 48 años, vive en Berazategui con su esposa Patricia y su hija de 6 años. Abrió su pinturería en Quilmes, Pato da colores, hace 15 años. Mientras daba los primeros pasos con su negocio, trabajaba en un estacionamiento en Diagonal Norte, en la ciudad de Buenos Aires, y como profesor de educación física. Sabe de primera mano que emprender no es fácil.
Por eso, cuando se preguntaba cómo promocionar su producto, pensó en ayudar a otros emprendedores: “En lugar de pintar una pared del local como muestra, preferí pintar locales que vi que lo necesitaban. Me encanta poder ayudar”, cuenta.
Elige colores brillantes e intensos para pintar los frentes: rojo, verde manzana, magenta, azul Francia. Lo que busca es que los comercios que ayuda ya no pasen desapercibidos, que se distingan claramente desde la calle. “A veces, atienden los locales por una ventana con rejas, no hay carteles que digan que ahí hay un kiosco o un almacén. Queremos ayudar a esos emprendedores que recién arrancan haciendo que sus locales sean más visibles, para que más gente se acerque a comprar”, cuenta Diego.
Así fue como Diego terminó conociendo a Ana, la dueña del último emprendimiento que pintó, un almacén en el frente de su casa, en Sourigues, una localidad de Berazategui. Ella tiene 59 años y vive con su marido. Hace cuatro años sufrió un ACV que la obligó a cerrar el local. Hace 15 días, lo reabrió con la ayuda de Jessica, su hija de 30 años.
Lo último que se esperaba Ana de ese viernes, uno de los primeros días de reapertura de su local, era la oferta que le hizo Diego. La primera reacción de Ana, al igual que la mayoría de los emprendedores, fue decirle que no tenía dinero para pagarle. Cuando Diego le explicó que era una acción solidaria para ayudarla con su negocio, aceptó emocionada.
“Sentimos un montón de alegría, estamos muy contentos. El frente quedó muy lindo, me encantan los colores que pusieron. Inauguraron el local junto a nosotros”, cuenta Jessica. No estaba en sus planes pintar el frente porque no tenían los medios para hacerlo, como tampoco los habían tenido durante los años anteriores en que el almacén estuvo abierto.
Gracias a la ayuda de Diego, ahora el almacén es más visible que nunca y atrae más clientes. Jessica explica que antes solo venía la gente del barrio que ya sabía que tenían un local; ahora viene gente que pasa con el auto y frena para bajar a comprar.
“Diego es una persona muy amable, muy comprometida con su trabajo. Su ayuda nos dio esperanza, nos alentó a seguir adelante”, cuenta Jessica. Ahora Ana atiende a sus clientes con mucha más energía.
A Diego le gusta sorprender a la gente: sin aviso, se acerca a los dueños de los locales con su propuesta para ver su reacción en persona. En un principio muchos desconfían, pero para cuando Diego termina su trabajo, lo despiden con calidez y agradecimientos, entre sonrisas.
No solo sorprende a los que ayuda, sino que a él también lo asombran las vidas y las situaciones que atravesaron los dueños de los emprendimientos que conoce. Ya lleva pintados más de 50 locales de manera solidaria y varias de esas historias se quedaron con él.
Recuerda a Santos, que vende tortillas caseras desde el frente de su casa. Vive con Catalina, su mujer. Solía ser albañil, pero un accidente en el trabajo lo dejó con lesiones que no le permitieron continuar con su oficio. También recuerda a Carolina, una madre soltera que armó un kiosco en su casa para poder trabajar y al mismo tiempo cuidar de sus tres hijos.
“Me encuentro con emprendedores que la tienen difícil, personas que tienen que tener dos o tres trabajos porque si no, no les alcanza. Emprender es su forma de salir adelante, lo hacen desde donde pueden con lo que saben. Me gusta pintar los frentes de los locales para ayudarlos, para que se pueda ver mejor ese esfuerzo que hacen y que les vaya mejor”, dice Diego.
Cuando se va, los dueños le agradecen por su trabajo y todo queda registrado en videos que Diego sube a las redes sociales. “Quedó superlindo, me encanta. ¡Qué emoción! Es una bendición que nos pase esto, nos llena de alegría”, dice Noemí, la dueña de un kiosco que recién empezaba con su emprendimiento y usaba muletas por una lesión de rodilla.
La sonrisa de María, la dueña de otro kiosco en Berazategui, es enorme. Mira el frente nuevo de su local y le agradece a Diego: “¡Me encantó cómo quedó!”. “Es muy lindo lo que hacen por los emprendedores, nos ayuda un montón”, dicen Cecilia y Daiana, dueñas de un local de empanadas en Quilmes Oeste.
También en su propio negocio, Diego nota que la comunidad lo apoya. “Muchos clientes que vienen a la pinturería me cuentan que se enteraron de lo que hago y me felicitan. Todos mis clientes son la razón por la que yo puedo seguir ayudando y ellos me dicen que les gusta saber que forman parte de una acción solidaria”, cuenta.
“Yo lo único que quiero es que les vaya bien a las personas que ayudo. Si les puedo dar una mano para que salgan adelante, lo hago: eso es lo que quiero lograr con esta movida. Me hace sentir muy bien ayudar a la gente, me encanta que queden contentos cuando me voy”, dice Diego.
La pinturería “Pato da colores” está ubicada en la avenida La Plata 3033, Quilmes.


