Gustavo Sammartino es periodista y director de cineGustavo Sammartino es periodista y director de cine

“Si lo contás, te mato”. Cinco años de entrevistas, 40 horas de conversación y una amenaza recurrente: “Suárez Mason nunca se arrepintió de nada”

2026/03/03 23:06
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El “Eichmann argentino” para la prensa estadounidense, el “número 4″ del temible triunvirato de la Junta Militar y jefe del Primer Cuerpo de Ejército durante la dictadura, imputado por cientos de violaciones a los derechos humanos (secuestros, tormentos, homicidios y robo de bebés) y que murió en 2005 a los 81 años sin ser condenado, Carlos Guillermo “Pajarito” Suárez Mason es el protagonista del escalofriante Si lo contás, te mato. Confesiones inéditas de Carlos Guillermo Suárez Mason, el general más sanguinario de la dictadura (Planeta, $ 34.900), primer libro del periodista Gustavo Sammartino (Buenos Aires, 1967). El autor, que visitó y entrevistó a Suárez Mason entre 1999 y 2003, grabó más de cuarenta horas de conversación con “el hombre más temido y desalmado” de la dictadura que comenzó cincuenta años atrás, en marzo de 1976.

En el libro, Sammartino revela que Suárez Mason le entregó el hijo de una mujer secuestrada y desaparecida a un sacerdote católico –“que hoy ocupa una alta jerarquía dentro de la Iglesia” y era “obispo de una las diócesis más importantes del país”, reveló entonces– para que este se lo entregara a su hermano, que con su esposa no podían tener hijos. Sammartino está dispuesto a colaborar con la Justicia si esta se lo requiere.

“Él llegó a hacer alusiones a tres sacerdotes en todas las reuniones que tuve; dio indicios, pero solamente de uno dio el nombre exacto –dice el autor–. Con lo cual, con el correr del tiempo, buscando y chequeando datos, seguí las líneas de los sacerdotes. Hay una que tiene un valor importante, estoy cerca de certificarlo, pero aún no pude documentarlo. Estoy muy seguro, pero no puedo mencionarlo todavía". Ese sacerdote, el “cura amigo” del represor, ha fallecido años atrás.

Portada de

“El libro surgió casi de casualidad, en 1999 –señala a LA NACION–. Yo trabajaba como productor en Radio Mitre [emisora donde continúa] para el programa de Néstor Ibarra. Sale la noticia a comienzos del año 99 de que el Club Atlético Argentinos Juniors había expulsado al general Suárez Mason. Él era fanático del club y durante el tiempo de la dictadura tenía muchísimas influencias, entre ellas, acercar empresas para promocionar y colaborar económicamente con el club, y después la máxima fue la enorme relación y vínculo que tuvo con Maradona: él había colaborado para que tuviese un periodo de servicio militar excesivamente laxo”.

Sammartino investiga el caso de la entrega del hijo de una desaparecida a un funcionario eclesiástico por parte de Suárez Mason

Aquella entrevista con Ibarra, que duró cerca de veinte minutos, conmocionó a la opinión pública porque, dice Sammartino, “confesó al aire que tenía documentación de instrucciones reservadas con respecto al periodo de represión que él había aplicado, y que ese material lo tenía guardado”. Al día siguiente, la dirección de la radio le encargó al periodista conseguir para el diario Clarín esa documentación. “Reinicio la comunicación con Suárez Mason, a las dos o tres días me reúno con él en una charla de dos horas, dos horas y media; la documentación no me la dio, pero dio a entender que la tenía fuera del país, en Estados Unidos”. Suárez Mason lo recibía en su casa o en el Palacio Balcarce, después de la hora de la siesta.

Ese fue el inicio del vínculo de Sammartino, que tenía 36 años, con Suárez Mason, de 75, que en ese entonces, estaba beneficiado por el indulto del presidente Carlos Menem (que le debía favores de su época como preso político). “Rápidamente se vinculó conmigo, básicamente por el apellido –cuenta–. Él me relacionó con Julio Ricardo San Martino, que había tenido como compañero y había sido asesinado en un atentado terrorista. Traté de amenizar y avanzar con los objetivos que me habían propuesto. Obviamente le hablé de fútbol; yo soy de San Lorenzo, y él inmediatamente me replicó que era amigo de Osvaldo Cacciatore y que le había insistido para que a ‘los cuervos’ [hinchas de San Lorenzo] los corrieran de la cancha que tenían en el viejo gasómetro en Boedo”.

“Odiaba a los periodistas”, remarca Sammartino. Suárez Mason tenía la intención de publicar un libro que lo reivindicara.

–¿Por qué el libro se publica ahora?

–Por más de un motivo. Mi vínculo final con él fue a finales de 2003. Cuando cumplía ochenta años, él viola la prisión domiciliaria y lo meten en cana, en la cárcel de Devoto. Al año, año y pico, muere. El libro está sustentado en una amenaza que él reiteró en tres o cuatro ocasiones, exigiéndome que no lo publicara; eso me generó muchísimos inconvenientes personales. Además hay cuestiones morales: yo soy una persona católica, practicante, así que ir en contra de la institución de la Iglesia, y también del Ejército, me genera muchos problemas familiares y con amistades. El libro está sustentado sobre una denuncia, una confesión que se le escapa, basada en que había colaborado en el robo de un bebé. Había muchas cosas que averiguar. Él muere en 2005. Yo ahí quedo a contramano, para mí todo se había terminado. Estaba traumado por ese vínculo y esa relación perturbadora que habíamos mantenido durante años, en una forma de metodología documental para tratar que dijera algo hasta que lo dijo. No quedé bien, así que lo tuve que sobrellevar. Y en el tiempo me dediqué a investigar, escribir, transcribir.

–¿En qué sentido te traumó?

–No fue sana la relación que tuve; no terminé muy bien con respecto a esas amenazas finales y la verdad que es difícil sobrellevarlo hoy porque es como que retrotrae todo y se mezclan las épocas; si bien están los chicos o la gente que no conoció aquella época, hay mucha gente que sí y conoció a este tipo de personajes y el daño se siente mucho más cercano. Sigue siendo un vínculo perturbador el que tuve entonces y el que se siente hoy.

–Él quedó como un cobarde ante los militares cuando se dio a la fuga durante el alfonsinismo.

–Él se escapa de la Argentina a finales de 1984, principios del 85, porque se le venía un juicio en contra y porque, como dijo, “no quería ser el pato de la boda”. Con lo cual ahí firmó su sentencia y quedó muy mal visto entre sus camaradas, sus compañeros y sus subalternos. Logró estar tres años afuera hasta que lo deportan de Estados Unidos como “el Eichmann argentino”. En lo que a mí respecta, fue el militar de máxima responsabilidad en cuanto a la ejecución de la represión de la dictadura argentina. No tengo ninguna duda. Estuvo acusado, señalado, en más de seiscientos, setecientos casos de delitos distintos, desde torturas y desapariciones hasta robo de bebés. La Justicia argentina, a diferencia de la de otros países, nunca lo llegó condenar.

–¿Participó en actos de “rapiña”, de robo de bienes de personas secuestradas, como otros oficiales?

-No; los conocía pero no participó. Lo que hizo lo ejecutó convencido; nunca se arrepintió de nada; él entendía que había recibido instrucciones que para él eran órdenes de guerra. Él no te iba a decir “yo maté a alguien”; él decía: “Yo hice cumplir órdenes, yo hice ejecutar órdenes y mis subalternos eran responsables de cumplir con los objetivos de batalla”. Recuerdo que una vez su hijo mayor [Carlos Guillermo Suárez Mason (h)] me dijo lo mismo, que había entrado en la oficina y su padre estaba haciendo la ejecución de las órdenes recibidas y se había asustado. No era un monstruo, no era maquiavélico. Era de carne y hueso, cumplía una misión, por eso se lo pasaba diciendo “tengo documentos, tengo documentos”; obviamente, acusaba a otros y se exculpaba, pero sí fue el máximo responsable de hacer ejecutar la represión durante la dictadura.

Suárez Mason en una imagen de archivo de un ingreso a los Tribunales de la provincia de Buenos Aires

–Fue acusado del robo sistemático de bebés.

–Siempre se paraba y decía que no hubo nada de sistemático. “Robo sistemático no fue”, decía. “Puede ser que algunos de los dos bandos se enamoraran y naciera un bebé”; de hecho, él sabía o hacía saber que hubo muchas montoneras que se habían hecho embarazar a propósito para “pasarla mejor” y que incluso él mismo decía que las hacían cambiar de bando y las tenían como buchonas y que esos bebés quedaban sueltos. Lo decía así, de esa manera despiadada.

–¿Quién es el “cura amigo” que le pidió un bebé para la familia de su hermano?

–Estoy trabajando en eso. Hace muchísimos años que estoy trabajando en eso. Tengo indicios certeros. Nombres pocos, pero gira en torno a tres referencias que he estudiado. Estoy detrás de algo, creo que puede ser importante, pero todavía no lo puedo certificar.

–Si la Justicia te llama a declarar, ¿vas a colaborar?

–Por supuesto. En algún momento he intentado hacer contactos con Madres y con Abuelas de Plaza de Mayo. Te estoy hablando hace quince años, por intermedio de un amigo que ya falleció. Yo no tuve un vínculo directo; fue a través de mi amigo y mi amigo me había dado a entender que en las dos asociaciones podían o querían avanzar, pero querían que toda la documentación o todos los datos se los diera y ellos, solo ellos, iban a manejarlos. Yo dudé, no me agradó la forma, no sé si esto fue así o no, así que por eso lo cuento como fue, por medio de un amigo, y no avancé más. De todos modos tampoco estaba convencido, porque yo también tenía problemas de conciencia y el tema de la amenaza fue difícil de llevar. Suárez Mason murió, pero tenía hijos, tenía compañeros, mucho personal que trabajó con él y para él, y que eran mucho más jóvenes que él. De hecho, actualmente están vivos y te lo hacen saber. Así que no fue fácil avanzar con esto y publicarlo.

-¿Recibiste amenazas o mensajes?

-El libro lleva tres o cuatro semanas en la calle. Se comunicó el general Martín Balza, a quien Suárez Mason detestaba, que me pidió que nos reuniéramos a tomar un café. Me llamaron de la Iglesia, que también quieren reunirse conmigo. Me escribieron a través de mi cuenta de Instagram un par de abogados que se presentaron como querellantes en causas de lesa humanidad, entiendo que serán de personas desaparecidas, pero vinculadas con una causa en la que Suárez Mason estaba implicado. Y hubo algo más: hay un personaje también en Instagram bastante amenazante. No le estoy dando bolilla a los mensajes de las redes sociales, los tomo como eso, pero está inquietando bastante, así que lo tengo ahí. Y aparecieron otros que amenazan, pero no quiero dar los nombres.

-¿Qué relación tenía Suárez Mason con Carlos Menem?

-Él se jactaba de haberle salvado la vida a Menem en tiempos de la dictadura, en el año 76, cuando Menem cae detenido. Él lo decía, lo contó varias veces en forma risueña, sarcásticamente. A Menem lo detienen, se lo traen a su oficina, pero ese día él no estaba, lo atiende su segundo en el cargo y lo manda a un calabozo. Él decía que le había salvado la vida por brindarle mejores condiciones de prisión. Y me consta que hacía saber a todos de su vínculo con Menem, que le dio el indulto cuando estaba detenido tras haber sido extraditado de Estados Unidos. Del año 90, el último de los indultos que da Carlos Menem, el último, es un decreto único, con el nombre de Suárez Mason.

–¿Cómo evaluás el contexto político en el que se publica tu primer libro?

–Obviamente estamos en un periodo político de derecha, con lo cual hay mucho de esto que juega para distintos lados y por eso es que la salida del libro me hace sentir tironeado para distintos lados, o juzgado en algún aspecto.

–¿Estuvo involucrado Suárez Mason en el robo de las manos del cadáver de Juan Domingo Perón?

-Le pregunté sobre el tema y él jocosamente, jugando medio a los escondidas, me dio a entender como que quizás había sido un arquero el que se las robó. Él había jugado como arquero en Argentinos Juniors cuando era joven. El tema salió cuando él venía hablando de Perón. Odiaba a Perón por las mujeres que había tenido y por haber tenido relaciones con chicas menores de edad, además de afirmar que Eva Perón era una puta. Fue en ese contexto. Con lo cual él justificaba el robo de las manos de Perón por haber sido un pedófilo. Lo decía tal cual. Él tenía un grupo de acción, de “tareas”, cuando estaba prófugo en Estados Unidos. Por eso tengo tanto miedo ahora. Todos los militares de este tipo, cuando se fueron de baja del Ejército, continuaron en distintas funciones, armados, con subalternos, tanto civiles como oficiales, que ya estaban descartados por la fuerza. Mi sospecha está ahí, yo no la tengo comprobada, pero me atrevería a decir que sí, que hay un indicio, de una responsabilidad, una vinculación que lo ligue con el robo de las manos de Perón.

–¿Hablaste con el hijo detenido por delitos de lesa humanidad?

–Su hijo hijo mayor se llama exactamente igual que él y está detenido por delitos de lesa humanidad. Estaba en la cárcel de Ezeiza, aunque ahora lo trasladan a Campo de Mayo. Recuerdo que cuando lo vi, en 2024, me dijo dos veces que no sería bueno que el libro se publicara. Yo había ido a verlo para avisarle y hacerle saber a la familia que el libro se iba a publicar. Y él me confesó o me dio a conocer el detalle que yo estaba buscando y no lograba hallar todavía, que era saber dónde estaba enterrado su padre. Está en el Cementerio Británico, en la tumba de su madre.

–¿Qué expectativas tenés con el libro?

–Mirá, hay una causa muy importante y es que tengo hijos de treintaipico, veintipico de años. Tengo seis hijos, cinco con vida. Y esa generación no ha vivido aquella época. Yo era chico, pero la viví. ¿Qué espero del libro? Que se conozcan las historias que cuento. Hay infinidad de historias de este tipo. De pequeñas y grandes historias de aquella época. Le quepa a quien le quepa la responsabilidad. Iglesias, Fuerzas Armadas, sindicatos, civiles, la política, la economía. Fue un momento de muchísima responsabilidad. Las cosas no se pueden tapar, hay que contarlas y que sea lo que sea. Hay funcionarios de este gobierno que tuvieron vínculos; no voy a dar nombres, pero sí, de este gobierno y de gobiernos anteriores. También te diría que gente de Montoneros y del ERP. Hubo mucha mentira, mucho macaneo.

–¿Sentís miedo?

–Tanto ayer como hoy, ¿sabés el miedo que mete todo esto? El miedo con respecto a quién digita la Justicia, qué sector político. Si es la izquierda, si es la derecha. La sensación es perturbadora, pero mi finalidad es tratar de averiguar esos cabos sueltos que dejó Suárez Mason. Que los hay, son un montón. Pero, insisto, no soy nadie. Es un libro. Me cabe a mí llevar la responsabilidad y sentir las cosas que siento. Yo creí que con esto iba a desahogarme, pero no. Se volvió diabólico en algún aspecto.

–¿Diego Maradona lo visitó en su casa?

–Suárez Mason tuvo una vinculación con Maradona muy importante. Maradona jugaba con uno de los hijos de Suárez Mason en Argentinos Juniors. Maradona y su representante, Jorge Cyterszpiler, estuvieron en la casa donde yo estuve reunido con Suárez Mason. Él me decía dónde se habían sentado y qué hicieron. Se jactaba de haber colaborado muchísimo, económicamente, con el club, ya en tiempos de la dictadura y antes también. A Maradona lo trataba como un ingrato porque no lo defendió cuando lo desafiliaron de Argentinos Juniors por sus delitos.

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