La detención del alcalde de Tequila rompe con ese molde y marca un punto de inflexión en la relación entre poder político y Estado de derecho. No se trató de unLa detención del alcalde de Tequila rompe con ese molde y marca un punto de inflexión en la relación entre poder político y Estado de derecho. No se trató de un

Valentía y entereza de la presidenta

2026/02/09 15:00
Lectura de 4 min

La aprehensión de Diego Rivera, presidente municipal de Tequila, Jalisco, no es un episodio menor ni un hecho aislado que deba leerse solo en clave policiaca.

Se trata de una decisión política de alto calibre que envía un mensaje contundente desde Palacio Nacional: en el nuevo ejercicio del poder no habrá intocables, ni siquiera cuando el implicado sea un alcalde emanado de Morena.

El costo político existe y es evidente, pero la presidenta Claudia Sheinbaum decidió asumirlo. Ese es, quizá, el dato más relevante del caso.

Durante años, la narrativa de la llamada Cuarta Transformación estuvo acompañada de una crítica recurrente: la protección implícita a los suyos, la tolerancia selectiva frente a señalamientos graves y la renuencia a tocar a cuadros propios para no dañar la imagen del movimiento.

La detención del alcalde de Tequila rompe con ese molde y marca un punto de inflexión en la relación entre poder político y Estado de derecho. No se trató de una acción cómoda ni políticamente rentable, pero sí necesaria.

El mensaje es claro: la presidenta gobierna con la convicción de que los intereses de la ciudadanía y la vigencia del orden constitucional están por encima de cualquier interés de grupo, alianza partidista o cálculo electoral.

En un país lastimado por la impunidad, la corrupción y la infiltración del crimen organizado en estructuras de gobierno local, la señal no podía ser más directa. La consigna es inequívoca: “caiga quien caiga”.

La figura de Diego Rivera, hoy bajo proceso por presuntos nexos con el narcotráfico, extorsión a empresas y otros delitos graves, no es solo la de un alcalde más.

Es el símbolo de una práctica que se extendió en diversos partidos y regiones del país: candidaturas construidas con prisas, sin filtros reales, impulsadas por estructuras locales que muchas veces responden más a intereses económicos o criminales que a proyectos políticos.

Que esta detención alcance a Morena no es una debilidad del sistema, sino una prueba de que se está dispuesto a corregirlo.

Desde San Lázaro, el golpe se resiente. Legisladores oficialistas saben que este tipo de acciones abren flancos, generan ruido mediático y ofrecen municiones a la oposición.

Sin embargo, también reconocen —aunque sea en privado— que el mayor riesgo para el gobierno no es exhibir a un mal servidor público, sino protegerlo. La presidenta optó por el camino más difícil, pero también por el único que puede sostenerse en el largo plazo.

No es menor que, tras el escándalo, Morena haya anunciado que endurecerá los filtros para definir candidaturas rumbo a 2027. El reconocimiento implícito es contundente: algo falló y debe corregirse.

La pregunta no es si habrá resistencias internas —las habrá—, sino si el partido está dispuesto a acompañar con hechos el discurso de depuración y autocrítica. De lo contrario, la narrativa presidencial quedaría aislada frente a las prácticas partidistas.

Este episodio también envía un mensaje a todas las franquicias políticas del país. No se trata solo de Morena. PAN, PRI, MC y aliados deben “poner sus barbas a remojar”.

El combate a los malos servidores públicos no distingue colores ni siglas, y quien crea que la protección partidista es un blindaje permanente, se equivoca. La presidenta ha dejado claro que su ejercicio del poder no estará subordinado a acuerdos inconfesables ni a chantajes políticos.

En un contexto donde los gobiernos municipales suelen ser el eslabón más débil frente al crimen organizado, la detención del alcalde de Tequila adquiere una dimensión nacional.

Es una advertencia a quienes, desde lo local, creen que pueden operar con impunidad amparados en el poder del cargo o en la cercanía con estructuras partidistas. Hoy, el mensaje es que no hay cargo menor cuando se traiciona la confianza pública.

La presidenta ha demostrado que tiene los tamaños políticos suficientes para no dejarse amedrentar ni por los criminales ni por aliados incómodos. En un país acostumbrado a la simulación, esa determinación no es menor. Falta ver si este será un hecho aislado o el inicio de una política sistemática de limpieza institucional.

Por lo pronto, desde Palacio Nacional se ha enviado una señal que no admite interpretaciones: el poder se ejercerá con apego a la ley y compromiso con el pueblo, aun cuando el costo político sea alto.

La lectura es inevitable: el margen de tolerancia se terminó. Y eso, para bien o para mal, cambia las reglas del juego.

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